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Cuando Kraftwerk puso un broche de oro a la música del futuro

Del krautrock o ‘rock repollo’ al reinado de los sintetizadores, el pulso musical de los padres de la electrónica 

 

ELENA LÓPEZ VILLALVILLA

En 1970 las máquinas y los sintetizadores solo se veían en la ciencia ficción y, desde luego, nadie lo veía con capacidad de hacer música. En tiempos de la contracultura alemana tras la Segunda Guerra Mundial, fueron una serie de artistas los que entendieron que era oportunidad reinventarse y una vía de escape contra las atrocidades sobre las que yacía el país. Así entró en escena el grupo alemán Kraftwerk (Alemania, 1970), que vio en la electrónica algo más que ruido y máquinas.

Florian Schneider, fundador de la banda, fue de lo clásico a lo extraordinario. De la flauta, el violín y la guitarra pasó a procesarlos electrónicamente hasta que llegó a la fundación del grupo junto a Ralf Hütter en 1970, para después unirse Wolfgang Flür y Karl Bartos. El cuarteto desarrolló el krautrock o ‘rock repollo’ para después abrazar una escena de sonidos que incluía sintetizadores, cajas de ritmos y vocodersLa música ya no era palabras. Se había convertido en una experiencia extrasensorial.

La cumbre del éxito llegó con su cuarto álbum, The Man-Machine (Capitol Records, 1978), en la que el título resumía todo lo que hacían: hombres, máquinas y synthpop. La portada también les hacía justicia: inspirado en la corriente del suprematismo, el cuarteto aparecía sobre un fondo rojo con camisas rojas y corbatas negras. Una crítica al comunismo en las que se utilizó al proletariado como sumisos, como robots, como máquinas. Grabado en los estudios Kling Klang de Düsseldorf, el álbum se ganó aclamaciones por parte de la crítica y acercó un sonido desconocido al público masivo. Producido por ellos mismos durante un año, se consiguieron así 36 minutos y seis canciones de innovación tecnológica hecha música.

El disco abre con ‘The Robots’, y una sucesión de ondas estéreo y mono, que alertan de la explosión de sensaciones que se van a presenciar. Con muchos detalles y un ritmo sofisticado, se exponen sonidos de robots envolventes, un ritmo gélido y vocoder que hacen de la intro del álbum la sintonía de lo que viene después. ‘Spacelab’ recuerda a una estación espacial a base de sintetizadores. Los teclados están muy presentes en ‘Metrópolis’, una oda a la ciudad sin abandonar el sonido futurista que acompaña a la imaginería del transporte urbano. En ‘The Model’, se hace una crítica a la sociedad de consumo desde el punto de vista de una mujer mientras los sintetizadores les siguen la estela: “Ella posa para productos de consumo, de vez en cuando / Por cada foto, ella da lo mejor que puede”. Los coros y la percusión de ‘Neon Lights’ destacan entre los ritmos más tecnológicos, dedicada a la belleza de lo nuevo. El disco cierra con la canción que le pone nombre: ‘The Man Machine’, en la que se repite constantemente el título para terminar con una estética que seguirían artistas desde Giorgio Moroder a Daft Punk.

Kraftwerk puso así un broche de oro a la música del futuro, a la del ahora. Las máquinas dejaron de ser algo que se veía tan solo en las películas para ser algo real, al alcance de todos y de gusto exquisito.