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En el infranqueable delirio de la música

Cuando canciones se convierten en una trinchera

 

RAQUEL ELICES | #MEMORIASCONFINADAS

Vosotros también os habréis dado cuenta. Estos días, todo cambia de tamaño y forma. La ansiedad, por ejemplo, puede ser diminuta ahora y en un instante transformarse en una mole gigante con cuatro piernas bien gordas dispuesta aplastarte contra el sofá. Con los delirios pasa igual, pero si les dejamos desarrollarse libremente resultan más sugerentes.

Después de un mes de encierro en casa, me he ido adaptando a un nuevo entorno. Por ejemplo, ya me he familiarizado con la mirada descreída que Tom Waits me lanza cada mañana desde el fondo del salón. Afortunadamente, Miles Davis, Elvis y Bruce Springsteen van a lo suyo. ¿Os imagináis tres miradas más del reino musical clavadas en mi nuca? Yo tampoco. Aunque he de confesar que, al principio, con Waits ahí clavado, sin quitarme ojo, malinterpreté sus intenciones. Su pose de seductor trasnochado anclada en la barra del bar hacía pensar que estaba a punto de cantarme aquello de: “Por favor recuerda / Quedemos a tomar un café / Y hablemos de todo”. Al fin y al cabo, quién no necesita un café a las ocho de la mañana.

Pero en pleno confinamiento, descarté que el bueno de Tom quisiera vivir esos días de rosas conmigo. Tampoco tenía pinta de querer hablar demasiado y, en lo que a mí respecta, llevar puesto el pijama todo el día no ayuda mucho a seducir a nadie. Así que pensé que lo que realmente quería decirme, mientras apuraba el cigarrillo que sujetaba con la mano derecha, era eso de: “Hoy el cielo está nublado / Mañana estará llorando / Tendrás que esperar hasta que el ayer esté aquí si quieres marcharte”. Tom tenía toda la razón. Para variar, el día había amanecido gris y, efectivamente, yo iba a tener que esperar unos cuantas mañanas más para poder salir a dónde sea que fuera. Confinada y a punto de empezar a teletrabajar en pijama, decidí dejar de lado mis conversaciones musicales con los cuadros y los pósters que colgaban en la pared del salón. Además, Waits tendría cosas mejor que hacer aquella mañana.

 

 

Los delirios pararon durante unos instantes, o más bien cambiaron de forma. Mientras contestaba la maraña de e-mails de mi correo, empecé a escuchar un pequeño rumor. Era un murmullo que llegaba de lejos, pero parecía estar provocado por una gran multitud. Cerré la ventana, pero las voces seguían sonando. Pude distinguir tonos de hombres y mujeres. Un tintineo que iba creciendo, cada vez más y más alto. Empecé a distinguir algunas melodías. ¿Esa era Marilyn cantándome el cumpleaños feliz? ¿Era acaso también mi cumpleaños? No estaba segura, además, ¿eso que sonaba de fondo era un tema de los Beatles? El balbuceo de lo que parecían decenas de personas me impedían escuchar con claridad. ¡Maldita sea! ¿Ese era Bob Dylan? ¿Y Elvis de nuevo? ¿Me estaban llamando a mí? No me vi con otra opción, subí la aguja y el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band empezó a bailar sobre el tocadiscos.

Quizá fuera el efecto de la multitud lo que me atrajo. El confinamiento empezaba a pasar factura y, entre todos los vinilos que tenía a mano, mis delirios se clavaron en aquella orgía musical a la que los Beatles se habían empeñado en invitar a Sigmund Freud. Sin darme cuenta, estaba haciéndome hueco para colocarme entre Marlene Dietrich y las palmeras. Fue entonces cuando la banda del club de corazones solitarios del sargento Pimienta empezó a sonar y pude oír eso de: “Estoy arreglando un agujero por donde entra la lluvia / Para evitar que mi mente divague / A donde irá / Estoy llenando las grietas”. La canción me hablaba a mí. No había duda. Era yo quien trataba de arreglar la fisura mental que me había llevado a divagar en alucinaciones musicales. Pero faltaba algo. Sentía que ni si quiera los Beatles podían ayudarme con eso. Paré el disco justo cuando estaba empezando a sonar She’s Leaving Home… Esta vez no chica, hoy no podemos salir de casa.

 

 

Conseguí regresar a la pantalla de mi ordenador, creí que la catarsis había terminado, estaba a punto de abrir el correo… y entonces, empecé a oír su voz. Era un bálsamo cálido que parecía tirarme de la manga, como una niña que reclama tu atención y te pide que te quedes a su lado. Cedí irremediablemente. Cedí ante aquellas serenatas bellísimas que sonaban de fondo y me encaramaban a mis delirios. Reconfortantes y calmadas canciones como Held Down o Only the Strong que me invitaban quedarme a vivir en ellas todo día. “Only the strong survive” (solo los fuertes sobreviven), me repetía Laura Marling.

 

 

Y yo, ¿era lo suficientemente fuerte como decía Marling?, me preguntaba mientras miraba en el reflejo del cristal aquellos pelos sin peinar que proclamaban la verdadera condición de la locura. Yo, que lo único que quería era seguir utilizando la música como trinchera, tuve que acabar rindiéndome, un segundo después, a la insistencia de la realidad que me reclamaban con una videollamada a traición. Contesté en pijama, sin haber tomado si quiera el primer café de la mañana. Dejé la música de lado y me puse a trabajar en medio del caos silencioso. No tenía muy claro que eso fuera menos delirante que haberme colado en la portada de un disco, tener alucinaciones con Tom Waits o creer que Laura Marling me mecía entre sus brazos.

Al fin y al cabo, la demencia se cuela por nuestro balcones cada día a las ocho de la tarde (y nadie protesta). No sé si es saludable escuchar al Dúo Dinámico cada día y, sin embargo, sigo saliendo a dar palmas al aire vecinal cuando resuena en mi calle. Será el poder de la música que hace que nos sintamos menos solos o que cada vez que suena esa canción me siento un día más libre que el anterior. Lo mismo que ocurre cuando me dejo llevar por mis fantasías.

Todas estas digresiones me sirven de analgésico. Sustitutos del efecto sanador irreemplazable que tienen todos los conciertos a los que no podemos ir, las canciones que ahora bailamos en pijama y sin pareja, las tiendas de discos, las salas pequeñas, los grandes festivales… Todo cambia de tamaño y forma estos días. El miedo, las ganas de salir corriendo, el aburrimiento, la tristeza, los gustos musicales, los delirios… Todo cambia, menos las canciones. Porque incluso en los devaneos más grandes, la música es infranqueable. Como los buenos refugios.