CRISTINA G. HERNÁNDEZ

Una canción triste no es sólo aquella que suena melancólica y habla de temas dolorosos, sino aquella que se ha convertido en triste por muy feliz que sea. Eso sólo depende de cuándo, dónde, por qué o con quién se escuche. Está ahí, en el momento exacto, en el mejor o en el peor día, en mitad de un concierto o en la cola del supermercado.

Las canciones tristes son las que nos salvan la vida. Dicen que todo es una mierda, pero que todo está bien. Que todos son una mierda, pero que qué buena mierda son. Que todo el mundo está solo, pero que todos están juntos en eso. Estas canciones tienen la capacidad de romper a quien no está roto ya, como ‘I Got You’ de The White Buffalo (Oregon, 1974), pero también de calmarle cuando está tocando fondo. Tienen esa función porque saber que alguien se ha sentido así antes y lo ha dejado en forma de canción es un gran apoyo.

Hay canciones tristes porque son demasiado bonitas, como ‘Dance Me To The End Of Love’ de Leonard Cohen (Montreal, 1934), igual que los libros que roban el corazón y pica terminarlos. El mundo también necesita esas canciones tristes. Sólo tienen que sonar tristes. ‘Imagine’ de John Lennon (Liverpool, 1940) es tristísima, sin embargo, su mensaje es un grito de protesta y esperanza lejos de querer hundir en la miseria.

Otras son tristes por las circunstancias en las que aparecen o reaparecen. A veces una canción recuerda a algo, a alguien, a cierto momento… y aunque hasta entonces esa canción no era triste, ya nunca vuelve a su ser. A veces porque uno se iba cuando sonaba. O volvía. Porque se cerraba una etapa. Porque alguien moría. O porque el intérprete moría. Todo lo que tenga que ver con David Bowie (Londres, 1947) nubla el entendimiento, incluso ‘Starman’ o ‘Rebel Rebel’ han dejado de ser canciones alegres, igual que cualquier tema de Tom Petty (Gainesville, 1950) duele desde que murió.

Cuando el momento en el que la canción aparece coincide con el final de una película o una serie no es que se convierta en una canción triste, es que la han hecho triste a traición. ‘Where Is My Mind?’ de Pixies no tenía por qué ser de las que rompe el corazón, pero ahí está, al final de El club de la lucha. O la versión de ‘House Of The Rising Sun’ de The White Buffalo para Sons of Anarchy.

Pero hay otro nivel de tristeza en el que aparecen las que de verdad hablan de temas desgarradores, de muerte, de soledad y vacío existencial. Esas no salvan la vida a nadie, esas empujan directamente al suicidio. ‘Tears In Heaven’ de Eric Clapton. ‘Wish You Were Here’ de Pink Floyd. ‘Lithium’ de Nirvana. ‘Creep’ de Radiohead. No hace falta darles explicación, son las canciones tristes por excelencia.

Aunque si hay unas canciones tristes que de verdad son importantes, son aquellas que ya son parte de uno mismo. Pueden estar en cualquier clasificación de las anteriores: sonar triste, hablar de temas terribles, hacer recordar. Esa canción es triste porque se sabe qué ha pasado en la banda, en la cabeza o en la vida del artista para que haya aparecido ese tema, y así llega de lleno al corazón. Casualmente también forman parte de las que empujan al suicidio, porque vivir en calidad de fan acaba por ser un estilo de vida doloroso, aunque esas canciones se abrazan con amor porque también son las que salvan vidas. Al fin y al cabo, nosotros somos los tristes, no las canciones.