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El olor a espíritu adolescente persiste

Este domingo es el aniversario de uno de esos discos que son recordados más allá de por su música como verdaderos iconos de una generación. Tan representativo de una generación como The Beatles o AC/DC. A día de hoy existirán cientos de cápsulas del tiempo con copias de este álbum enterradas en el jardín de parejas cercanas a la vejez cuyos hijos llevaban el pelo despeinado, camisas de franelas y un walkman en el bolsillo. El mítico Nevermind de Nirvana cumple 26 años.

Una losa que recae sobre este icónico grupo es la de la atmósfera que crearon, o mejor dicho dieron forma, siendo conocido por sus temas más emblemáticos pero más aún por su estética, lo que representaba en su contexto socio-cultural y porque todo adolescente pasa por esa época en la que considera a Kurt Cobain poco menos que la segunda venida de Cristo a la Tierra. Nevermind cuenta con la bendición encontrarse en el lugar adecuado en el momento adecuado. Si bien dudo mucho que un trabajo de estas características hubiera visto la luz en otro momento de la historia de la música, también pienso que surgió exacto cuando debía. Un caldo de cultivo previo formado por grupos como Alice in Chains o Green River, la llamada a posteriori Generación X en su máxima expresión y cierto olor en el ambiente al punk de los 70. Tan idolatrado como posteriormente llevado a juicio como todos los fenómenos, el bebé más transgresor de la historia merece todas las alabanzas que reciba.

El primer error que se puede cometer es caer en que su reputación preceda a este disco. “Kurt Cobain no era un buen guitarrista, sus canciones son simples”. Y no es mentira, pero tampoco es cierto. Para ser un disco con tres instrumentos únicamente, su sonido es muy completo y limpio (a diferencia de sus directos) y nunca resulta tedioso. Por detrás de los archiconocidos Smells Like Teen Spirit o Come As You Are encontramos temas menos famosos pero muy válidos como Stay Away, Breed, Lithium o Lounge Act. En Nevermind, Nirvana despliega su sonido más neutro, pues dos años más tarde In Utero mostraría las dos caras de la moneda de la banda, con contrastes tan sonados como el de por ejemplo All Apologies y Milk It. Reduciendo a la mínima expresión lo que Nirvana supuso para el panorama musical de entonces, un buen término sería intensidad. No hay más que ver cualquier directo del grupo para ser testigo de la locura presente entre los fans avivada por las actuaciones del trío.

Otro dogma impuesto con el tiempo sobre Nirvana es el de ser confuso, incluso críptico. Y lo es. En muchas canciones son los propios demonios internos de Cobain quienes escriben las letras. Siempre digo que existen dos tipos de Nirvanas: aquel conocido por todo el mundo y el que descubres una vez te sumerges mínimamente en la producción de la banda. Nevermind es el peor ejemplo para esta faceta, pero Territorial Pissings es la prueba fehaciente de que hasta en sus composiciones más inocentes existe un punto de vehemencia. Junto a las incomprensibles letras del de Seattle encontramos una pista secreta si el disco sigue reproduciéndose diez minutos después de Something In The Way. Endless, Nameless estableció gracias a la nueva duración de los CDs la costumbre de los temas ocultos fuera del listado que aparece en un principio.

Por si fuera poco, podríamos hablar más profundamente de la figura de Cobain, aunque probablemente daría para otra entrada. Tan viciada como recurrente, muy pocos se ponen de acuerdo en si considerarle como el último reducto del uso de la música como herramienta social o como un simple drogadicto idolatrado por cientos de miles de adolescentes influenciables. Respetando a aquellos que opinan que ese título de último gran hito musical pertenece a Amy Whinehouse, creo que el efecto que Nirvana causó en la sociedad solo está al alcance de unos pocos.

Nevermind es un pedazo de historia de la música que sonará fresco y juvenil hasta el final de los días. Y yo lo celebro.