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Mon Vázquez frente al espejo

Un año después de la publicación de La Séptima Canción, Mon Vázquez se mantiene firme en su andadura en solitario bajo la influencia del sonido norteamericano

 

MARÍA F. CANET

Una semana de vacaciones encerrado en casa —“rollo ermitaño de bata y litrona”— supuso un punto de inflexión en la carrera de Mon Vázquez (Madrid, 1984). Como sucede en cualquier tipo de ruptura, el músico madrileño necesitó tiempo y soledad para emprender una nueva andadura tras militar 9 años en 84. Cinco años después de la disolución del trío de pop-rock que formó junto a Enrique Berenguer (Beris) y Jaime Fontecha, tiene en la mirada la ilusión del principiante. La Séptima Canción, su debut como solista, es el resultado de haber sido capaz de ponerse frente al espejo y encontrarse. Aunque la felicidad que irradia ahora nada tiene que ver con el “absoluto rechazo” que sintió al enfrentarse al temido folio en blanco, por primera vez sin sus compañeros: “Cogía la guitarra y me duraba poco tiempo en las manos, necesitaba descansar”, cuenta mientras da un sorbo a un doble de cerveza. “Eché mucho de menos a Jaime y a Beris al principio, el 70% de los temas eran de los 3; alguien llegaba con una estrofa y los demás aportábamos, hacíamos puentes y estribillos… Me encantaba porque me aportaban cosas que a mí no se me ocurrían”.

“En el momento que conseguí escribir el primer tema, fue una cascada”, cuenta con ímpetu. Esa primera composición, ‘Recuperarlo’, se alzó a modo de frontera sonora entre un pasado que  aún  escocía, y su incipiente andadura en solitario; un ejercicio de equilibrio entre la nostalgia de la letra y la frescura de los modernos sintetizadores. Sin embargo, la canción que da título al disco, la séptima que compuso, fue el motor del proyecto; Mon se impregnó de la “simbología renovadora” del número 7 y sus ideas empezaron a tomar forma: “Supuso un refuerzo muy grande conseguir hacer el disco, fue tal el reto que me he quedado pleno y me ha dado energía para seguir haciendo canciones”.

Tras 3 años sin tocar, Vázquez pasó “de 0 a 100” al entrar al estudio, aunque admite haber echado en falta “salir antes al barro, engrasarme y haberme metido al estudio después”. Pero no lo hizo solo. La figura de Josu García (La Tercera República, Loquillo), productor del disco, fue clave a la hora de encontrar su camino, que tenía el sonido norteamericano por meta: “Es lo que me gusta, lo que he escuchado en mi casa toda la vida”. En La Séptima Canción destacan los medios tiempos con “instrumentación clásica de acústica y hammonds”, y un especial mimo por las melodías: “Creo que es lo que hace que no te aburra, tiene que tenerte enganchado todo el rato”. Precisamente, el folk y el rock americano cimentaron su amistad con García; junto a él y Chema Moreno tiene una banda de versiones, Ventura, con la que se divierten versionando clásicos del género: “Lo conocí en la grabación del primer disco de 84. Un día nos metimos en el coche, que era de esos que cuando metías la llave se encendía la radio, y empezó a sonar un disco de Poco. Yo tenía 23 años y Poco era mi banda. Josu se me quedó mirando y me dijo “¿pero tú, moco de mierda, por qué tienes este disco?” y desde entonces es como mi hermano”.

 

 

Las armonías vocales impregnan el LP, en una clara referencia a grupos como América, Poco, Eagles o Crosby, Stills & Nash en temas como ‘Pacto Entre Dama y Vagabundo’ o ‘Espiral’: “Donde yo me enamoré de la música fue con las armonías vocales. Me parece que hace que crezcan las canciones, todo se potencia más; que haya puentes con cambios armónicos y coros me pone la piel de gallina”. El rock y la picardía asoman en ‘Adrenalina’, con un potente final de guitarras y pianos a lo Allman Brothers, o ‘Labios Pintados’, la última canción que compuso para 84: “Me sacan un poco del ñoñismo y de mi zona de confort”, afirma entre calada y calada. Ese punto canalla rompe con la dinámica nostálgica —“pero no pastelosa”— del disco, presente en cortes como ‘Agujero Negro’, inspirado en el final de una relación: “Hay nostalgia del pasado, de relaciones, de 84, pero también nostalgia de uno”, sentencia.

La autocrítica voraz que el compositor realiza en ‘La Cuesta’ —“reconozco que me paso”, dice entre risas— contrasta con la luminosidad de ‘Abril’, un tema envolvente con vientos que son un guiño a ‘Penny Lane’ de los Beatles: “Modestamente, creo que es la mejor canción, es una canción bien construida. Cuando la escuchó Josu me dio un abrazo que me partió”. Bajo la influencia de Los Secretos y Enrique Urquijo —“Era el grupo nacional que más me gustaba porque era el que más americano sonaba y Enrique era muy crudo escribiendo”— señala que cantar a la melancolía se ha visto en muchas ocasiones desde un punto de vista peyorativo: “Parece que se desprecia a los compositores que hablaban de la tristeza o de la nostalgia”.

Aunque afirma “no proyectar a medio-largo plazo”, su futuro inmediato plantea varios frentes: por un lado, una reunión con 84 para dos conciertos navideños, por otro, acabar de pulir nuevas composiciones para su proyecto personal. Ya sea solo o acompañado, tiene claro que “donde un músico tiene que poner toda la energía es en hacer buenas canciones, es lo difícil”. Y en eso es en lo que más cree.