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Jimmy Barnatán: “Somos drogadictos del asfalto y el directo”

El Jefe, el nuevo disco del músico madrileño destila rock and roll clásico y aroma americano

 

RAQUEL ELICES

Calibrando el primer sorbo de su Johnny Walker, Jimmy Barnatán (Santander, 1981) pide un inciso “absolutamente necesario” y se moja los labios en whisky. Viene directo del rodaje de una serie de TVE en la participa hace un mes y desde entonces su vida lleva un ritmo frenético. Está volcado en la grabación de El Jefe, su cuarto disco junto a The Cocooners, y antes de que salga a la luz en marzo ya se ha embarcado en una nueva gira que comenzaba anoche en la sala El Sol de Madrid.

“Teníamos muchísimas ganas de volver al escenario”, confiesa sin olvidar que hace sólo cuatro meses cerraron la gira de Bourbon Church (Gaztelupeko Hotsak,2017) tras más de cien bolos. “Esto evidencia que somos unos drogadictos del asfalto, los hoteles, las salas y el contacto directo con el público, que es lo que más nos gusta”. Listos de nuevo para ofrecer su poderosa mezcla de blues, rock, soul, funk y rhythm & blues, la formación sigue fiel a las raíces oscuras de la americana, pero ahora ofician una ceremonia barnizada de luz y un toque de bourbon. Para ello, se han acompañado del coro de góspel The Cocoonettes. “Ellas son siete voces cántabras que han hecho que los temas más oscuros brillen. Queríamos construir una ceremonia con luz, pero en una iglesia oscura. Una iglesia a la que jamás irías a las doce de la mañana, si no a las 12 de la noche, que es mucho más interesante”.

Aunque cueste imaginar, tras sus tatuajes y su vestimenta oscura, Jimmy Barnatán sí ha llegado a madrugar para ir a la iglesia. Entre trago y trago, sentado en un bar de Chamberí, entrelaza los anillados dedos de sus manos y viaja al Nueva York de sus 13 años. Su abuela vivió allí durante tres décadas y en uno de los veranos que fue a visitarla descubrió las misas góspel en una pequeña iglesia de Harlem. El entonces Jaime Barnatán acudía cada mañana para ver el show. “Sólo quería ir a la iglesia a escuchar la música, ver al coro y flipar con los frontmen. Después veía a la gente levantar las manos en éxtasis ¡Eso era maravilloso!” y añade: “Nadie salvo Michael Jackson y James Brown, que tienen mucha influencia de los frontmen góspel, han provocado eso en mí”. Ese es el espíritu que quiere recuperar ahora para sus conciertos. Una mezcla entre aquel coro, al que acabó uniendo su voz, y la oscuridad de un local como el Arthur’s Tavern de Nueva York, en que vivió su primera jam session.

Nada resulta fuera de lo normal en una vida que se ha forjado a base de experiencias que parecen sacadas de una película. Pero es que a veces, incluso el mismo cine, se presentaba a las puertas de su casa. “Mi abuela vivía en un edificio al lado de la casa de Greta Garbo. Un día recuerdo haberla visto subirse en un coche absolutamente descomunal. Sabía que era ella, porque entonces ya era muy mitómano. La vi salir con un abrigo de visón en la calle 52, todo estaba nevado. Al subirse al coche, vi a quien lo manejaba, que no otro que Lars Hanson”.

Para él, sin embargo, aquello no tenía nada de exótico. “Me manejaba con la misma naturalidad en Nueva York que en Santander”. Pero es consciente de haber sido un privilegiado. Hijo del escritor Marcos Ricardo Barnatán y la periodista Rosa Pereda, una de las fundadoras de El País, por su casa pasaron nombres destacados de la cultura. “Todos los días, volvía del colegio y me sentaba en el salón, como todos, a tomar la merienda -unas veces, chocolate con currusco de pan, otras, Frosties de Kellogs-, el caso es que por allí pasaban Aute, Chavela Vargas, Guillermo Cabrera Infante o Borges, del que mi padre era biógrafo”. Y como en los mejores films, aquellas historias siempre iban acompañadas de su propia banda sonora: “En mi casa siempre había música. Sonaba mucho jazz, blues y, por aquello de las raíces argentinas de mi padre, también había mucho tango”. Otra cosa es lo que sonaba de puertas para adentro, en su adolescente habitación. Reconoce que siempre ha sido un enamorado de The Doors y que fue con ellos con los que algo hizo click antes de embarcarse en la música: “Escuchando su álbum L.A Woman, que creo que es uno de los mejores discos de blues que he escuchado en mi vida, recuerdo que pensé ‘ok, actuar es muy bonito, dirigir es precioso, pero ¿por qué no?”.

En la nostalgia de ese pasado navega Back way home, uno de los once temas que componen Bourbon Church. “Hablo de la vuelta a ese paraíso de la infancia, que es a la vez Santander y Nueva York, pero también es la vuelta actual a la que considero mi casa en Madrid. También trata de lo que sientes al regresar, cuando la gente que tenía que estar en casa ya no está. Entonces algo cambia, para empezar uno mismo”.

A pesar de todo, el vocalista de The Cocooners trata de vivir en lo cotidiano. Como las pulsiones que perseguían las letras del blues más primigenio, al que considera “la madre de todas las músicas”, el actor, escritor y cantante cambia al interprete principal por el secundario. “Todo el mundo tiene a Dostoyevsky dentro. Es así. Todo el mundo tiene un drama maravilloso y terrible, o varios. Llevándolo al cine o al teatro, creo que incluso los figurantes con o sin frase, tienen una historia que contar y trato de hablar de ellas”. En mitad de la conversación, confiesa además que ahora mismo trabaja en una novela con esa misma perspectiva. Al igual que hizo en su último libro La chistera de Memphis (Huerga y Hierro, 2016), pero ahora con Nueva York como telón de fondo: “Leí un libro de Joseph Mitchell que se llama La Fabulosa Taberna de McSorley y Otras Historias de Nueva York (Jus, 2017), un libro muy interesante que cuenta la idiosincrasia de la ciudad de Nueva York a través de historias de personajes, de perfiles de gente común, pero con la que alucinas. Y yo en un alarde de alegría dije, ¡voy a hacer lo mismo!”. Incansable, también cuenta que está fraguando el proyecto de un mediometraje en el que mezclará el género noir y el blues.

En una de las pausas de su verborrea, cavilando toda su agenda, echa un trago a su copa. Aún debe cerrar los detalles de El Jefe, el que será su sexto álbum y uno de sus trabajos más especiales, ya que será la banda sonora de la película homónima de Sergio Barrejón. “Cuando trabajas en algo así debes seguir un camino trazado, es verdad, y hemos tenido algunas directrices, pero no de composición, sino sobre el tono de las canciones. Por ejemplo, Sergio podía decirnos: ‘para esta secuencia veo un slow blues que pueda recordar a Eric Clapton”.

A la vista está que, a la gira de El Jefe Tour, que ha cerrado ya fechas hasta mayo, ya sólo le falta un disco que se materializará en mayo. De momento, ya han empezado a chequear algunos temas con el público y en unos meses, el resto del álbum. Ahora toca pensar en volver a madrugar mañana para una nueva grabación de la serie Servir y proteger y este viernes la gira hace parada en su tierra. Jimmy Barnatan & The Cocooners estarán desplegando soul en la sala Blackbird de Santander y eso, desde luego, sí se merece un Johnny Walker o, más oportuno, una copa de bourbon.

Las fechas de todos sus conciertos puedes encontrarlas aquí.