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Joan Baez: una voz sin edad para la sal de la tierra

Siglos de música tradicional estadounidense se encarnaron en una chiquilla capaz de representar a todos los desdichados del pueblo llano

 

MIGUEL CANALDA

Tras escuchar las 13 canciones que formaron parte del primer disco de Joan Baez, nadie diría que la voz que emerge de los altavoces pertenece a una mujer de 18 años. Tampoco es que parezca de alguien mayor; lo que logró durante los cuatro días de julio de 1960 en los que grabó su álbum homónimo fue erigirse como la voz sin edad de los pueblos que forjaron Estados Unidos.

Por aquel entonces, mientras en la radio triunfaba la elegante mojigatería del ‘Only the Lonely’ de Roy Orbison o del ‘I’m Sorry’ de Brenda Lee, Baez tan solo era conocida entre quienes estaban al tanto del creciente, aunque todavía minoritario, revival del folk que se venía desarrollando durante la década de los 50, con el meridiano del Greenwich Village neoyorkino como referente y el compromiso social como bandera.

La joven cantante había participado en la primera edición del Newport Folk Festival de 1959 junto al consagrado Bob Gibson y llamó la atención de quienes movían los hilos. De hecho, Baez pudo fichar por la influyente Columbia de la mano de Albert Grossman, futuro manager de un tal Bob Dylan, pero a ella le sedujo la más idealista Vanguard Records, cuyo catálogo se repartía entre perseguidos por el macartismo y jóvenes promesas.

Para su primer disco, Baez escogió un puñado de canciones populares cuyas raíces no solo se hundían en el suelo estadounidense (‘East Virginia’, ‘House of the Rising Sun’), sino que se nutrían también de las antiguas baladas de Inglaterra (‘Fare Thee Well, ‘John Reilly’) y Escocia (‘Mary Hamilton’, ‘Henry Martin’), de la tradición judía del este de Europa (‘Donna Donna’) o de la música mexicana (‘El Preso Número Nueve’).

 

 

El prodigio de la joven Joan Baez fue abrazar todas esas diferentes identidades, llegadas a ella por quienes ya habían grabado esas mismas canciones, y llevarlas con su limpia voz casi de soprano a un nuevo lugar, como solo saben hacer los grandes artistas. Basta escuchar el correcto, pero insípido ‘Wildwood Flower’ grabado por The Carter Family unas décadas antes y compararlo con la impetuosa y fresca versión de Baez.

Acompañada de su guitarra y, en ocasiones, también de la de Fred Hellerman (miembro de The Weavers), Baez consigue con igual éxito transmitir la ternura de la madre que consuela a su prole en ‘All My Trials’ y el temor de la hija que obedece en ‘Silver Dagger’. Encarna tanto al paria alegre de ‘Rake and Rambling Boy’ como a la desdichada mujer de ‘House of the Rising Sun’. Ella es el hombre errante en ‘East Virginia’, es la mujer que espera en ‘John Reily’ e incluso es ambos arquetipos en la bellísima ‘Fare Thee Well’, banda sonora definitiva de todas las tristes despedidas que en el mundo han sido.

Cada uno de los personajes que aparecen en Joan Baez pertenecen al pueblo llano de cualquier época, son lo que se conoce como la sal de la tierra desde los tiempos bíblicos. Ese es uno de sus mayores logros; el otro, su enorme efecto catalizador. En 1961 Dylan grabó su correspondiente álbum de debut para cambiar definitivamente la música popular y, un año después, el folk entró en las listas de éxitos con la fórmula edulcorada de Peter, Paul and Mary. Pero antes, el auténtico sonido del folk emergió de la voz de Joan Baez.

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