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La psicodelia antibelicista de Mimaroglu-Hubbard

Sing me a song of Songmy fue alegato del horror de la guerra de Vietnam en forma de fantasía experimental

 

GUILLERMO GARCÍA-VALDECASAS

Mientras algunos se sumergen en el fondo de sus mentes con ayuda de sustancias para refugiarse de las penas del mundo, ciertos artistas crean obras cuya materia sensorial sumerge la psique en la cruda naturaleza del ser. Es el caso de Ilhan Mimaroglu, compositor turco ligado a la música concreta, una rama de la vanguardia clásica precursora de la música  hecha por medios electrónicos. Empujado por su activismo político, Mimaroglu concibió una obra inusual dentro de la música experimental: la conjunción de electrónica, orquesta de cuerdas, coro, recitados e improvisación de jazz firman un manifiesto contra la contienda de Vietnam en el álbum de 1971 Sing me a song of Songmy.

 

 

Afincado en Nueva York, Mimaroglu compaginaba su labor creativa trabajando como productor para el sello Atlantic. La producción de algunos discos de Charlie Mingus demostró su interés por el jazz. Este vínculo con la discográfica permitió a Mimaroglu grabar Sing me a song of Songmy, donde Songmy recrea un juego de palabras entre song (canción) y Son My, una región del sur de Vietnam víctima de una brutal masacre en 1968. Para esta causa unió sus dotes electrónicas junto a Freddie Hubbard, demostrando que Miles Davis no era el único trompetista experimental del jazz, y un grupo formado por Kenny Barron al piano, Junior Cook al saxo tenor, Arth Booth en el contrabajo y Louis Hayes en la batería. Esta alianza culminó con la incorporación de coro, recitadores y orquesta dirigidas entre otros por Arif Mardin, figura relevante dentro de la producción en Atlantic. El cuadro Masacre en Corea de Picasso ocupando la portada es la carta de presentación idónea para estos mercenarios de la conciencia.

El álbum inaugura con ‘Threonody for Sharon Tate’, una atmósfera onírica dominada por susurros propios de ángeles de la muerte al estilo Manson “dame amor porque puedo… matar!”. La orquesta se regocija en el desaliento cuando las partículas electrónicas de Mimaroglu despiertan este preludio adentrándonos en la batalla en dos partes de ‘This is Combat I Know’. En la primera parte el quinteto de Hubbard muestra el lado más perverso del vals jazzístico. La desfiguración sonora del ‘My Favourite Things’ de Coltrane se hace patente en el solo de Kenny Barron con sabor a Mccoy Tyner sazonado con armonías disonantes. En la segunda parte, Mimaroglu recoge el testigo de la trompeta de Hubbard mediante estelas electrónicas que conducen a una balada desangelada. Los sintetizadores del compositor se empastan con las tétricas palabras del recitado “esto es combate; desde la tierra hasta el cielo; quémame si quieres; pero no quemes el bosque que me protege”. ‘The Crowd’ presenta un collage electrónico donde el free jazz, el himno deconstruido de EE.UU, los diálogos cruzados, los alaridos de coro y el desgarro de las cuerdas de la orquesta recrean lo más parecido a una esquizofrenia postraumática. Los horrores generados en la misma tierra de la libertad son recogidos en la síntesis de ‘What a Good Time for a Kent State’.

 

 

Durante la segunda parte del disco, Hubbard despliega su versatilidad más allá del jazz. En ‘Monodrama’ el trompetista se enzarza en un diálogo con las atmósferas de Mimaroglu, dibujando un ambiente de devastación. Hubbard, con apoyo de la orquesta, muestra sus dotes oratorias en ‘Black Soldier’: “tu, hombre negro; ¿Estás en primera clase en el ejercito de EE.UU?; por la libertad no deberías disparar tu propia libertad”. En ‘Interlude I’ el quinteto improvisa sobre cimientos de free jazz y los platos de batería se transforman en sonoridades celestiales por los filtros de Mimaroglu en ‘Interlude II’. La orquesta junto al refuerzo de Hubbard desnudan en ‘And yet there could be love’ el lado hipócrita de un coro cantando al amor en un tono cuasi navideño. El disco concluye con `Postlude´ donde Hubbard, a modo de soliloquio, toca una última voluntad que se debilita y ahoga como el último aliento de un inocente aldeano.

Sing me a song of Songmy es una paradoja, un álbum con una propuesta única que no puede degustarse como una delicatesen. Los 40 minutos sin solución de continuidad de las composiciones de Mimaroglu exploran los terrenos más sombríos. Un auténtico trabajo psicoanalítico que repercute en la conciencia aspirando a moldear las almas de un mundo dominado por la destrucción.