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Lester Bangs: la prueba del tiempo

‘Reacciones psicóticas y mierda de carburador’ reúne los mejores artículos del crítico de rock que pudo haber escrito la gran novela americana

JOSÉ MANUEL SEBASTIAN

Una de las cosas que más me obsesionan de mi oficio es la prueba del tiempo. Es decir, saber si la música por la que estoy apostando hoy seguirá siendo relevante dentro de, por ejemplo, cinco o diez años. Es una preocupación más bien privada porque, en realidad, apostar por una banda de la que todo el mundo se olvida en menos que canta un gallo no penaliza absolutamente nada. Todos los grandes popes del periodismo musical tienen enormes resbalones en este sentido. No, no me detendré a dar nombres porque el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Aún así, cuando me empeño mucho en un artista no puedo evitar preguntarme si en el futuro se le va a ver con la imagen, positiva o negativa, que le estoy construyendo. Pero, sobre todo, mi mayor miedo es que se me pase por alto algo importante, ya sea desde el punto de vista artístico o comercial.

Evidentemente, todos guardamos, y continuaremos guardando, cadáveres en el armario, así que no tengo más remedio que aceptar que seguiré cometiendo omisiones sacrílegas y juicios errados. Mi aspiración es tener la visión de, por ejemplo, un Lester Bangs, que vio clara la iniquidad de determinadas propuestas musicales que hoy nos resultan un poco anticuadas como James Taylor o Led Zeppelin o Emerson, Lake & Palmer o, incluso, Cream. Pero, sobre todo, su gran aportación fue darse cuenta de la grandeza de los Stooges, de Lou Reed, de David Bowie, de Kraftwerk, de Coltrane o, incluso, de The Troggs o de Question Mark & The Mysterians, algo que en la época no resultaba tan evidente como pudiera parecer. Eso sí, su admiración nunca estaba exenta de un furioso sentido crítico, como su relación de amor/odio con Lou Reed ejemplifica a la perfección. Esta lucidez es lo que más me gusta de Reacciones psicóticas y mierda de carburador (Libros del Kultrum, 2018), la edición en español de una compilación de artículos realizada por Greil Marcus de la escasa obra periodística de Lester Bangs, muerto en 1982 a los 34 años de una gripe mal curada… como Andy Warhol pocos años después. Marcus, e Ignacio Julià en un reciente artículo en Jot Down, reivindican otra faceta de Bangs, su calidad literaria. Poco menos que le califican casi como el mejor escritor de su generación, en una típica hipérbole de crítico musical.

Me gusta más el estilo literario de Lester Bangs que el de un Paul Auster, por ejemplo. O, más bien, los estilos. porque se aprecia una clara evolución en su narrativa desde los tiempos de Creem hasta su etapa final. Al principio, sus textos son impetuosos, extensos, mezclando lo genial con lo grotesco, lo culterano con lo popular. Muestran la libertad de unos tiempos en los que no había tantos estímulos y te podías sumergir en un largo artículo durante horas sin que te acecharan promesas de de consumo rápido y contenido banal. De esta etapa todo el mundo valora como lo mejor, y yo no voy a ser menos, ‘James Taylor condenado a muerte’. La verdad es que es un verdadera obra maestra en la forma y, sobre todo, en el fondo, porque es una completa exposición de su teoría de lo que es y debería ser el rock. Es brillante cómo trata de reducir la música popular a lo más primitivo y visceral usando argumentos racionales. Una pirueta que muy pocos  han sido capaces de hacer.

Con todo, opino que lo mejor de su trabajo no está en ese periodo, loco y aparentemente feliz y auto condescendiente. Me parecen más personales, menos gonzo, menos Hunter S. Thompson, menos Bukowski, sus últimos escritos. Son más cortos, más precisos y con mucha más enjundia. Especialmente hermosos me parecen sus obituarios de Lennon y Elvis. O su reportaje en tres partes sobre The Clash. Él mismo parece estar más satisfecho con lo que escribía en los 80 que en los 70 y casi que protesta porque se considere que lo mejor que hizo nunca fueran sus artículos para la revista Creem. Parece claro que estaba cambiando su manera de escribir y, sobre todo, el mundo también lo estaba haciendo. Cuando murió aún no se había publicado el Thriller, por ejemplo.  Planeaba también pasarse al mundo de la novela y, quizá, si hubiera empezado a publicar ficción hoy nadie hablaría del ya citado Paul Auster o, menos aún, de David Foster Wallace.

Una vez terminada mi lectura de Reacciones psicóticas y mierda de carburador me empecé a hacer varias preguntas. ¿Qué hubiera pensado Bangs del techno pop inglés? ¿Del grunge y de Kurt Cobain? ¿Del brit pop? ¿De las giras mastodónticas de los Stones? ¿Hubiera sucumbido finalmente al encanto de Springsteen influido por su amigo Dave Marsh, biógrafo del de Freehold?  Y, sobre todo, ¿qué hubiera pensado del Nobel a Dylan? Vista su irreverencia recurrente con las estrellas del rock probablemente lo habría despachado diciendo que “mejor me hubieran dado a mí ese premio que al sobrevalorado Zimmermann”. Y hubiera tenido razón, ¿verdad?

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