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Loveless

Lydia Loveless, temores disfrazados de preguntas

La cantante publica su quinto trabajo tras cuatro años de silencio y una turbulenta etapa personal, en una apuesta por el pop-rock más primario

 

MARÍA F. CANET

Preguntar es un arma de doble filo; las respuestas pueden aliviar o sosegar, pero también abrir puertas a realidades incómodas. Lydia Loveless ha partido desde ese malestar y ha forjado, a base de irritantes preguntas sobre sí misma y sobre las relaciones amorosas, su nuevo álbum, Daughter (Honey, 2020). Un disco que vio la luz el pasado 25 de septiembre, compuesto por 10 temas que en realidad son las respuestas a las que teme enfrentarse.

Aunque se ha pretendido equiparar a la joven con compañeros generacionales de la  Americana como Jason Isbell o Lilly Hiatt, la de Ohio arrastra desde sus inicios la etiqueta de “inclasificable”. Con una voz incontrolable, que se alza desde la rabia y las entrañas, la cantante siempre ha destacado por impregnar de rebeldía punk la tradición norteamericana, como buena hija del country alternativo que explotó en los 90, década que la vio nacer. Sin embargo, en su nuevo trabajo, la artista regresa al fuego primario que provoca la simple (pero siempre eficaz) unión de guitarra, bajo y batería, únicamente rota por algunos teclados y sintetizadores. Un fuego con el que parece querer exorcizar algunos demonios (su reciente divorcio o el acoso sexual al que se vio sometida en su anterior sello discográfico), mientras reflexiona sobre la complejidad de las relaciones y sobre su difícil personalidad.

La minimalista ‘Dead writer’, tema que abre el disco, aborda las decepciones mientras los sintetizadores crean una atmósfera etérea que envuelve su único deseo: desaparecer. Loveless canta entre la desidia y la rabia —“a nadie le importa si sufres”— al desencanto amoroso en ‘Love is not enough’, una carta de rendición armada sobre contundentes guitarras y una cruda percusión. La artista reflexiona sobre sus sentimientos, pero también se enfrenta, bajo forma de una conversación ficticia con una hipotética pareja, a sus complejos en ‘Daughter’, un medio tiempo que refleja su miedo al rechazo —“¿es mi cuerpo válido para ti/¿si te doy una hija será suficiente?”—. Los secos toques de batería del inicio de ‘Can’t think’ emulan los golpes a los que parece haberse enfrentado la de Ohio en los últimos años, mientras se suman oscuras eléctricas y coros que simulan su propia conciencia, confesando “no puedo pensar cuando estoy enamorada/ quiero ser algo más que tuya”.

Temas entre la crudeza y la fragilidad, en los que parece empequeñecerse, pero que contrastan con cortes como ‘Wringer’, con adictivos riffs de guitarra de reminiscencia funk sobre fondo acústico, o ‘Never’, que entre sintetizadores, piano, y guiños a sonidos urbanos como el R&B o el rap en coros y batería, recupera a una Lydia Loveless combativa que no está dispuesta a rendirse. Las luminosas guitarras de ‘When you’ re gone’ remiten a Tom Petty & The Heartbreakers y abren una ventana a la esperanza.

También hay tiempo para la nostalgia en ‘Say my name’, entre dulces arpegios y guitarras bañadas en blues, o en la desnuda ‘September’, con el protagonismo del piano, una solemne sección de cuerdas y unos magnéticos coros que evidencian la vulnerabilidad de la cantante, que no deja de lanzar preguntas como gritos de socorro “¿alguien va a rescatarme?/¿de verdad quieres follar conmigo?”. ‘Don’t bother mountain’, un corte lánguido y experimental inundado de sintetizadores, cierra el álbum.

Daughter sirve a Lydia Loveless para disfrazar sus temores en preguntas; lanza la piedra y esconde la mano en busca  de una reafirmación que le permita ser libre. Un trabajo que, como refleja su portada, bucea entre las diferentes caras del ser humano, entre la debilidad  y la fortaleza, y que evidencia que nosotros mismos somos nuestro peor juez. Loveless ha dictado una dura sentencia, ahora es tiempo para el perdón.