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Sheryl Crow

Sheryl Crow, de estrella del country pop a rockera consolidada

Repasamos la carrera de la artista norteamericana, a medio camino entre los sonidos tradicionales y el mainstream

 

CARMEN SERRANO

A mediados de los noventa, en pleno auge del grunge y con el brit-pop empujando desde el otro lado del Atlántico por desbancarlo como movimiento socio-musical del momento, Sheryl Crow (Kennet, Misuri, 1962) irrumpió en las listas de éxitos con ‘All I wanna do’, una divertida canción pop con ecos country. Este pegadizo sencillo, incluido en su primer disco Tuesday Night Music Club (1993), supuso un soplo de aire fresco en aquel tiempo caracterizado por la rabia y la desazón que destilaba la música de la Generación X, e hizo que crítica y público fijasen su mirada en una treintañera decidida a volver a situar en el mapa el sonido más clásico del rock americano.

Pese a su éxito tardío, Crow llevaba en esto de la música toda la vida. Creció en una familia de músicos, se graduó en estudios musicales, fue miembro de varias bandas de rock locales y trabajó como profesora de música en una escuela para niños con autismo. Posteriormente su nombre fue empezando a sonar por sus colaboraciones con reconocidos artistas como Michael Jackson, Stevie WonderRod Stewart. Su despegue en solitario parecía cuestión de tiempo y, por fin, a principios de los 90 se decidió a trabajar en sus propias canciones junto con un grupo músicos con los que se reunía cada martes para dar forma al que sería su primer álbum. Además de la archirradiada ‘All I wanna do’, canciones como ‘Leaving Las Vegas’, ‘Strong Enough’ o ‘Can’t Cry Anymore’ daban buena cuenta de la habilidad de esta incipiente estrella para combinar el rock y el country de una forma lo suficientemente atractiva como para alcanzar ventas millonarias y recibir tres premios Grammy, incluido el de mejor disco.

Este exitoso arranque fue sucedido en 1996 por un álbum homónimo, Sheryl Crow, en el que la artista tomó por completo las riendas de su trabajo al hacerse con la producción del mismo. El resultado fue un disco más rockero, con canciones con reminiscencias stonianas como ‘If it makes you happy’, pero sin dejar de lado su querencia por la música de raíz norteamericana como demostraba en ‘Redemption Day’ o la nostálgica ‘Home’. Este trabajo fue acogido con gran entusiasmo de pública y crítica; obtuvo ventas millonarias y fue galardonado con dos Grammys, incluido el de mejor álbum de rock.

En plena vorágine del éxito, acabó convertida en chica Bond con su interpretación del tema Tomorrow Never Dies para la hasta entonces última película del agente 007. Su vuelta a los estudios con The Globe Sessions (1998) terminó por reafirmarla como una de las grandes figuras del momento al recibir por segunda vez el Grammy al mejor álbum de rock. En la estela de su anterior entrega, tiene un sonido más oscuro e incluye canciones tan notables como ‘My Favourite Mistake’, el homenaje a Jeff Buckley que Bob Dylan le concedió con ‘Mississipi’, e incluso una versión del ‘Sweet Child of Mine’ de los Guns N’ Roses.

Sheryl Crow and Friends. Live in Central Park (1999) fue el broche de oro con el que cerró este exitoso periodo haciendo acopio de un buen puñado de colegas de la primera división del rock como Eric Clapton, Stevie Nicks, Keith Richards o Chrissie Hynde para tocar en directo algunas sus canciones más conocidas en el famoso parque neoyorkino.

El nuevo milenio, en cambio, iría relegando a un segundo plano a esta estrella del rock de forma gradual. Tras superar una depresión, lanzó C’mon, c’mon (2002), un disco más luminoso pero mucho menos contundente que sus dos anteriores trabajos de estudio. Las canciones de Crow no parecían aportar nada nuevo en un momento en el que muchos de sus seguidores ya habían sucumbido por completo a la americana de gente como Ryan Adams o Wilco, que ese mismo año lanzaron el emblemático Yankee Hotel Foxtrot.

Para remontar el vuelo, en 2003 lanzó un prematuro The very best que no hizo sino alejar más a muchos de sus fieles. A partir de ahí su descenso en lo musical coincidiría con continuas apariciones en prensa por motivos extramusicales. Su lucha contra el cáncer de mama, la ruptura sentimental con el ciclista Lance Armstrong y la adopción de sus dos hijos marcaron unos años llenos de vaivenes durante los que lanzó los álbumes Wildflowers (2005), Detours (2008) y 100 Miles from Memphis (2010); tres discos irregulares, fruto de un período vital en el que no dejó de intentar encontrar su lugar tanto en lo personal como en lo artístico, con más empeño que resultados.

Afortunadamente, poco a poco muchos de sus problemas y temores fueron quedándose atrás. En 2013, completamente afianzada su residencia en Tennessee y con muy poco que perder, apuesta por el country y lanza Feels like home. Pese a ser tachado de impostado por muchos, Crow se sentía como en casa en la cuna del country y así lo hizo saber. Un disco hecho desde la tranquilidad que concede la madurez y que le dio la seguridad suficiente para un nuevo giro de tuerca con Be Myself (2017). Superados muchos altibajos, la cantautora de Misuri echó mano de un par de aliados de sus orígenes musicales, Jeff Trott y Tchad Blake, con quienes grabó en Sheryl Crow y The Globe Sessions. Al igual que entonces, aquí volvía la rockera más enérgica, pero sin dejar de lado su faceta más divertida. Un disco que va a lo seguro: rock tradicional con unos cuantos ganchos más pop, la combinación que mejor le ha funcionado siempre.

Threads (2019), anunciado como su último álbum, es un fiel reflejo de su universo musical: una combinación de pop, rock y country con alguna incursión en sonidos más modernos. Amiga de las colaboraciones, una vez más reúne a una extraordinaria nómina de artistas que van desde auténticas leyendas como Willie Nelson o James Taylor hasta músicos del panorama independiente actual como la ecléctica St Vicent o el rapero Chuck D, pasando por Gary Clark Jr, Jason Isbell o Mavis Staples, entre otros. En total, 24 artistas invitados de pertenecientes a diferentes generaciones y estilos musicales —incluido Johnny Cash cuya voz recupera en Redemption Song —, 17 canciones y 75 minutos. Un disco un poco excesivo en muchos aspectos con el que poner un punto y aparte en su carrera discográfica.

Demasiado mainstream para muchos, Crow no goza del reconocimiento que tienen otras grandes de la country music como Emmylou Harris o Lucinda Williams. No es la compositora más prolífica, ni la más arriesgada y su voz tampoco es excepcional, pero a sus 58 años sigue haciendo todo notablemente bien. A estas alturas de la película, con millones de discos vendidos y numerosos premios a sus espaldas, no tiene nada que demostrar. Al fin y al cabo, cuando comenzó su carrera en solitario todo lo que quería era pasarlo bien y, sin duda, ha superado sus expectativas.