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Una cuenta pendiente con Solera

El único disco de la banda germen de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, es una joya oculta de la música española, a medio camino entre el pop y el folk

 

 

MARÍA F. CANET

Hay que tomar aire para pronunciar Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, no sólo en sentido literal; este supergrupo de pop-folk es una de las bandas nacionales de culto. Con el paso del tiempo, la crítica ensalzó su ya mítico LP Señora Azul (Hispavox, 1974), considerado, a día de hoy, una de las grandes obras maestras de la música española. Sin embargo, las figuras de Juan Robles Cánovas, Rodrigo García, Adolfo Rodríguez y José María Guzmán, son desconocidas para el gran público. A principios de los setenta, Rodrigo García, músico sevillano curtido en grupos como Los Speakers (en sus años en Colombia) o Los Pekenikes, José María Guzmán, consagrado músico de sesión, y los hermanos José Antonio y Manolo Martín, que destacaban como dúo de folk, formaban Solera. La banda, semilla de CRAG, se disolvió escasos meses después de la publicación de su único trabajo. A pesar de su calidad, el álbum, que vio la luz en 1973 bajo el sello Hispavox y la producción de Rafael Trabucchelli —emblemático productor y padre del sonido Torrelaguna, bajo el cual se amparan grupos como Los Ángeles, Los Módulos o Los Gritos)— pasó desapercibido en la época.

Como banda pionera, Solera se labró un camino al margen de la industria; no encajaban ni en la horda melódica impulsada por grandes voces como Nino Bravo, ni en el pop inocente y estival de conjuntos como Fórmula V; tampoco encontraban su hueco en la canción protesta. Su propuesta, bajo la influencia americana, se insertaba en una “tercera vía” tan revolucionaria para el momento como maldita. En los 35 minutos que dura Solera, el folk melódico de la escena de Laurel Canyon y el pop psicodélico se entrelazan, y dejan claro que, de haber nacido al otro lado del charco, su suerte habría sido otra.

El elepé arranca con ‘Noche Tras Noche’, una pegadiza pieza de pop barroco marcada por coros hipnóticos y teclados, cantada por José María Guzmán. En esa línea decimonónica, acentuada por un órgano, se encuentra la sobresaliente ‘Calles del viejo París’, composición empapada en nostalgia a pesar del potente estribillo. Del folk estadounidense de los sesenta bebe ‘Una singular debilidad’, entonada en falsete por Manolo Martín con armonías vocales que emulan a Crosby, Stills & Nash y marcada por un cambio de ritmo entre timbales, palmas y cálidas notas de guitarra eléctrica.

 

En la onda Beatle —con una trompeta que remite a ‘Penny Lane’— se encuentra ‘Linda Prima’, osada composición interpretada por Rodrigo García, que, con ironía y metáforas —“Si lo primero conviene/ lo otro creo yo que no/ linda prima se marchitará tu flor”— relata una aventura amorosa entre primos. Otro de los temas cantados por García, el medio tiempo acústico ‘Volverás’, narra otra compleja historia de amor marcada por la diferencia de edad —“eres joven voluble/ te conviene madurar/ al final con más solera sé que volverás”— entre explícitas referencias sexuales “porque te sé hasta el fondo”.

La psicodelia presente en ‘La Tempestad’, con modernos sintetizadores y guitarras harrisonianas, contrasta con la melosa ‘Tierra Mojada’, una vez más, con gran protagonismo de las voces y notas orientales. Melodías decimonónicas sustentadas sobre órganos y potentes secciones de cuerdas, destacan en ‘El discípulo de Merlín’ o ‘Juan’, cuya sonoridad orquestal, casi de ensueño, contrasta con la mediocridad del día a día que retrata la letra.

Sorprendentes resultan ‘Agua de coco y ron’, que mezcla psicodelia, rock progresivo y toques tropicales, ‘Jovencita’ — “jovencita de alma ardiente y de boca sensual/ tu mirada nos promete un paraíso terrenal/ pero pronto nos defraudas/ casi siempre pasa igual/ eres clásica y estrecha, mojigata ritual/ te forjaron en los moldes intransigentes de ayer/ circunstancias desastrosas aún vigentes por doquier” — mordaz crítica a la moral del momento bajo forma de rock setentero cimentado sobre pianos o ‘Tiempo Perdido’, cuyas vibrantes guitarras son un guiño al power pop y a grupos como Big Star.

Tras la disolución de Solera, el éxito se les volvía a escapar entre los dedos a Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. A pesar de que en la actualidad ‘Señora Azul’ goza de gran renombre, en 1974, como ocurrió con su predecesor, el disco no obtuvo ningún reconocimiento. El grupo pasó a ser la banda de acompañamiento de Karina y no volvería a grabar otro disco hasta 1984, Queridos compañeros. En 1985  publicaban un último disco, CRAG, para posteriormente proseguir sus carreras en solitario o con otros grupos, como es el caso de Guzmán, quién militó en Cadillac.

La dulzura de las melodías de Solera contrasta con unas letras osadas, que se valían de la ironía como arma para evitar la censura; sexo y crítica social sin tapujos, algo que se mantendría en las composiciones de CRAG, como es el caso de la célebre ‘Señora Azul’ —un dardo a la crítica musical— o ‘María y Amaranta’, que relata una historia de amor lésbico. Cuesta pensar que discos así pasaran inadvertidos. Solera y CRAG, un vendaval demasiado revolucionario para una España que aún se proyectaba en blanco y negro, amparada en la falsa imagen de modernidad que provenía desde las playas de Benidorm. El ajuste de cuentas aún queda pendiente.