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Tame Impala, libertad para reinventarse

Desde la resurrección del rock psicodélico a los sintetizadores reverberantes

 

DANIEL CANA MOYA

Tame Impala no es un grupo. O al menos no lo era en 2010 cuando Kevin Parker, su amado líder, lanzó Innerspeaker, el álbum de debut, en un estado de limitada confianza respecto a su ánimo personal pero también respecto a su capacidad como músico. Tanto era así que Parker no negó que todo aquel material era fruto de una banda y no de su múltiple personalidad artística, aún en proceso de desarrollo. La crítica aclamó el disco como resurrección del pop-rock psicodélico de los 60 y, combinado con el maravilloso Lorenism que le siguió, encabezar festivales como Coachella apenas fue cuestión de tiempo. Estaban hecho el uno para los otros.

 

 

Han pasado diez años, cinco desde Currents, el disco que inició su transición hacia un sonido más heterogéneo permitiéndose más influencias de soul y funk, adquiridas seguro mientras Parker trabajaba como productor o colaborador para Kanye West, Rihanna o Lady Gaga. En The Slow Rush queda poca psicodelia pero parte del sonido sobrevive. Al final y al cabo, está escrito, interpretado, grabado, producido y mezclado por Parker. No puede decirse que sea un disco festivo ni espontáneo.

Su lanzamiento fue postergado varias veces, temas como Patience destinados a ser sencillo y estrenado en actuaciones como Saturday Night Live finalmente se quedaron fuera. La obsesión por el detalle de Parker, públicamente defensor de modificar canciones incluso una vez están en la calle, le resta frescura pero le añade capas y capas de matices y texturas.

 

 

Sintetizadores, música digital que quiere ser música disco, reverberaciones. Tampoco está tan lejos de la marca de la casa, hay que reconocerlo. Además las letras le añaden aún más densidad al ambiente. En el inicio del disco con One More Year, Parker pide un año más para no pensar en nada más que en vivir y estar bien acompañado, pero es incapaz de no contar los días, las semanas y las estaciones. Con Instant Destiny y Borderline empiezas a navegar entre dudas e impaciencia hasta llegar a Posthumous Forgiveness, uno de los puntos fuertes del disco, en el que Parker se fustiga por no haber podido compartir durante más tiempo su éxito con su padre antes de su muerte, al tiempo que deja un verso demoledor: “La muerte es Dios”.

Desde Lost in Yesterday el álbum musicalmente se abre paso y el ritmo se acentúa, aunque por momentos parece que estés dentro de un videojuego o de una peli manga. En el comienzo de It Might Be Time es imposible no pensar en Supertrump y Glimmer nos recuerda a los Underworld de Trainspotting pero con drogas blandas, claro. En esta parte el disco adquiere más personalidad y se aleja de la monotonía con la que flirtea a menudo.

The Slow Rush no va a cambiar tu estado de ánimo. Te acompañará con su dulce melancolía y seguramente te dejará pensar en otras cosas. One More Hour con su batería y piano apremiantes llega demasiado tarde. Es lógico que Parker quiera renovar su sonido, la duda es si sabe hacia dónde. Es libre de reinventarse. Mientras tanto quizá es mejor poner Lorenism.