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Pink Moon: el testamento de un vampiro

Se cumplen 50 años de la publicación de Pink Moon, tercer y último álbum de estudio de Nick Drake

 

JAVI TEJERO

Caminas por un callejón de adoquines mojados en la noche londinense, buscando un lugar donde protegerte de la inminente lluvia. Entonces, sale al paso una figura delgada, encogida en sí misma, que cuando se acerca muestra unos rasgos afilados y delicados. Te dice con tono lúgubre que te va a contar su historia, que te va a abrir la puerta a su mente torturada, deteniéndose también en ensueños y cantos a la naturaleza. Coge una guitarra, comienza a rasgarla, y una voz aterciopelada te transporta por mundos de fantasía, de esperanzas vanas y de desilusiones, de incomprensión y de relámpagos de claridad. Algo así es escuchar Pink Moon (Island Records, 1972) de Nick Drake. El testamento sonoro de un tipo solitario, retraído y enigmático que a día de hoy sigue fascinando e intrigando a quienes lo escuchan.

 La luna rosa que da título al disco (obviemos antiguos tuits sobre pizzerías) es la primera luna llena después del equinoccio de primavera, conocida con ese apelativo por el color de las flores que nacen en esos días (según los nativos norteamericanos). Se suele asociar con el cambio, con el resurgimiento, aunque nadie sabe a ciencia cierta el significado que quiso darle Drake, como tampoco nadie supo nunca exactamente qué pasaba por la cabeza del artista. Ni siquiera sus amigos, a cuyas casas acudía por sorpresa a cualquier hora para permanecer un par de días y desaparecer después sin mayor explicación.

“Pink Moon quedó como el testamento de un ser que nunca encajó en la realidad”

El disco se grabó en dos sesiones nocturnas, su horario favorito, en otoño de 1971. Solía pasar noches en vela investigando afinaciones con la guitarra y arpegios imposibles (que posteriormente han sido imitados por muchos artistas). En esas dos sesiones quedaron registradas la voz y la guitarra de Nick Drake, sin más adorno que un sutil arreglo de piano que tocó él mismo en la primera canción, la que da título al álbum. En este tema el ritmo te atrapa sin remedio, y esa voz fantasmal te advierte de la llegada de la luna rosa, para la que nadie está preparado y que nos atrapará a todos. Hay momentos en los que repite obsesivamente el título (pink pink pink pink…), y es inevitable recordar el colosal Astral Weeks de Van Morrison. Esta sencillez fue buscada adrede, ya que Nick no quedó satisfecho con los arreglos orquestales ni el aire pop que le imprimió Joe Boyd, el productor, a su anterior trabajo, Bryter Layter (Island Records, 1972), otra auténtica joya. Le sigue ‘Place to Be’, un hermoso poema acompañado de un rasgueo rítmico constante en el que reflexiona sobre la juventud perdida (¡tenía sólo 24 años!) y evoca la naturaleza. En ‘Road’ hace gala de su habilidad para arpegiar de forma admirable, al igual que en ‘Which Will’. ‘Horn’ es una breve pieza instrumental que al oírla te sitúa directamente ante un cielo estrellado haciéndote preguntas imposibles de contestar, sin variar la nota de un bordón constante.

 Después de ese momento de silencio, Nick da rienda suelta a su poesía en una de las letras más extensas que encontramos en Pink Moon; se trata de ‘Things Behind the Sun’, donde una vez más se hace muy difícil averiguar el sentido de lo que el poeta expresa. Quizá ahí está su encanto, quizá trata de hablar de todo o de nada, cada cual puede extraer su lectura. En ‘Know’ ofrece una particular versión del blues, con un riff continuo que no desfallece, sobre el que murmura melodías con la boca cerrada para dar paso a una letra breve y sencilla. ‘Parasite’ nos muestra el sentimiento del autor de no pertenecer al mundo, de saberse diferente e incluso de la incomodidad que esto produce en los demás y en él mismo. “I am the parasite of this town” es una frase esclarecedora de esa consciencia de ser un inadaptado. Toda la letra es una oda a la soledad y a los caminos extraños. Le siguen ‘Free Ride’, que podría ser una llamada en busca de una mano amiga y ‘Harvest Breed’, que perfectamente se puede interpretar como una despedida en la que no hacen falta muchos versos para romper el corazón de quien los lee. Cierra este trabajo ‘From the Morning’, un momento de cierta luminosidad después de haber atravesado paisajes intrincados, atribulados… y el adjetivo más obvio pero no por ello menos atinado: misteriosos. El álbum tuvo aún menos éxito comercial que el anterior, a lo cual no ayudaba la reticencia de Nick a conceder entrevistas y dar conciertos. En las ocasiones en que defendía su repertorio en directo llegaba a pasarlo realmente mal, tardando mucho entre una canción y otra debido a los cambios de afinación y sin habilidades para conectar con el público.

 Nick Drake murió dos años después de la publicación de Pink Moon, con 26 años, por una sobredosis de antidepresivos. Aún hoy no se sabe si fue algo accidental o intencionado, todo lo que rodeó la vida y la muerte de este artista está entre nebulosas de misterio. Tras su desaparición, a medida que pasaba el tiempo, su figura se fue agrandando y pasó a ser un artista de culto en décadas posteriores y una referencia para nombres como Elliot Smith, Paul Weller, Robert Smith o Elton John, entre otros.

Poco antes de su trágico fin, Nick Drake tuvo intención de intentarlo de nuevo, de volver a levantarse tras la enésima caída en la depresión debida en parte a la falta de trascendencia de su música. Llegó a grabar varias pistas de lo que hubiera sido su cuarto álbum, pero finalmente no se llevó a cabo. Pink Moon quedó como el testamento de un ser que nunca encajó en la realidad, un noctámbulo huidizo que décadas después nos habla con su guitarra de su propio mundo, único y maravilloso a la par que estremecedor.