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Pearl Charles, clásicos bañados en purpurina

La música de Pearl Charles brilla tanto como la purpurina que habitualmente cubre sus ojos. Su aspecto retro, con su larga y ondulada melena, y su vestimenta, a medio camino entre Woodstock y Studio 54, hacen dudar de si, realmente, esta joven artista nació hace tan solo 30 años o si es una estrella olvidada de la California de los 60’s-70’s. Junto a coetáneos como Michael Rault (su pareja) Drugdealer, Weyes Blood o Drug Cabin, la angelina es responsable de renovar el folk que imperó en Laurel Canyon en aquellas décadas doradas. Pero también ha conseguido tender un puente entre ABBA y Gram Parsons, al llevar el country a las pistas de baile.

Charles prácticamente nació pegada a un piano. Su relación con los teclados comenzó cuando apenas tenía 5 años. Con la llegada de la adolescencia, la música de raíces norteamericana pronto consiguió hechizarla, como antes lo habían hecho los musicales. Con 18 años formó parte de The Driftwood Singers, dúo de Americana en el que las armonías vocales eran las protagonistas. Poco después cambió los juegos vocales por la batería y el country por el garage durante su paso por Blank Tapes. En 2015 arrancó su aventura en solitario con la publicación de su primer EP (homónimo y autoeditado) a modo de western psicodélico. La huella que en ella dejó el rock oscuro y garejero se entreve en cortes como ‘You Can Change’, mientras las guitarras fronterizas y lisérgicas de ‘Indian Burnout’ o ‘What Can I Do’, puro Shadows, bien podrían formar parte de la BSO de un film de Tarantino.

Su primer elepé Sleepless Dreamer (Kanine Records, 2018) ya anticipaba un giro hacia el pop y ritmos más bailables. Los sintetizadores futuristas conviven con potentes guitarras en cortes como ‘All The Boys’ o ‘Ghost’, y las melodías etéreas cobran protagonismo en ‘Sleepless Dreamer’. El rock de la costa oeste pervive en ‘Beginner’s Luck’, un tema que bien podría haber formado parte del repertorio de Linda Ronstadt en los 70’s. Las nostálgicas ‘Long Hair’ y ‘Blue-Eyed Angel’ son la prueba sonora de cómo adaptar las baladas de Honky Tonk a sonidos más modernos sin caer en el fango de lo comercial. Charles coquetea con la nocturnidad tintineante de la gran ciudad a través del disco setentero de ‘Night Tides’ o ‘Behind Closed Doors’.

El reciente Magic Mirror (Kanine Records, 2021), que vio la luz el pasado mes de enero, combina la euforia discotequera con la intimidad de la cabaña, símbolo de esa dualidad con la que los seres humanos nos percibimos a nosotros mismos; un día nos comemos el mundo, al siguiente es él quién nos devora. ‘Only For Tonight’, encargada de abrir el disco con ABBA en la diana, pide lentejuelas y plataformas; para aquellos momentos en los que uno se sube a la tarima y se cree invencible. Un tema que, sin embargo, contrasta con el resto del elepé, más reposado.

Las letras introspectivas y melancólicas capturan el reflejo que devuelve el espejo, ese que no solemos recibir con cariño. La californiana canta con el magnetismo de Stevie Nicks, pero sus composiciones poseen el alma de Carole King. Esa dulzura cosida a las teclas de los teclados se respira en ‘What I Need’, con un pedal steel que se percibe lejano, casi como un rumor, o en ‘Magic Mirror’. Charles vanmorrisonea con los vientos suaves de ‘Imposter’ o el sugerente hammond de ‘As Long As You’re Mine’. La tristeza empapa ‘Don’t Feel Like Myself’, con poso de los Carpenters; su voz se diluye entre sintetizadores, pedal steel y cuerdas. Notas de funk se perciben en ‘Slipping Away’, otra prueba de lo bien que casa el country con géneros más bailables. Los slides harrisonianos son protagonistas en composiciones como ‘All The Way’ y ‘Sweet Sunshine Wine’, que arranca Fleetwood Mac para tornar a Beatle con un crescendo de teclados decimonónicos. ‘Take Your Time’ sana como el consuelo de una madre, con un bello duelo entre guitarra acústica, modernos sintetizadores y, de nuevo, el pedal steel.

Pearl Charles ha dado un baño de purpurina a los clásicos de la música popular de la segunda mitad del S.XX. La compositora californiana selecciona elementos de diferentes géneros musicales como si recogiera perlas del fondo marino que, elegidas minuciosamente, dan forma a un collar personalizado y atemporal. Quizás esta joya resulte poco novedosa, pero siempre luce resplandeciente.