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Antigua y Barbuda, la nueva bandera de Angel Stanich

El segundo disco de Stanich navega hacia nuevas rutas entre la tradición y la modernidad

JUANJO RIESGO

Como la exploradora de la portada, Ángel Stanich parece haber recorrido terreno abrupto y multitud de senderos hasta dar con las canciones que conforman Antigua y Barbuda (Sony, 2017), su segundo LP. El músico cántabro se muestra rotundo en sus nuevas letras: “Prefiero ser Bob Dylan que Manuel Campo Vidal”. Y es que la actitud dylaniana, es uno de los baluartes de este ermitaño: giras interminables, provocación, crítica, ironía o persistir en su negativa a conceder entrevistas.

Con esta segunda puesta de largo- contando una vez más con Javier Vielba (Arizona Baby, Corizonas) a la producción- Stanich arriesga abandonando el folk americano, los sonidos fronterizos y el imaginario cinematográfico hollywoodiense (mafiosos, forajidos), para convertirse en un trovador de la España contemporánea, apostando por el folclore patrio y escenas más locales. Galicia Calidade-con giro de lo acústico a lo eléctrico en mitad del tema- es un apoteósico homenaje a esta tierra, mientras que Más Se Perdió en Cuba, es un guiño a los sonidos populares donde órganos y palmas se alían, llegando a simular una jota, mientras critica el postureo cultural.

Ángel Stanich camina entre tradición y modernidad gracias a un sonido renovado, donde sintetizadores, vientos, cuerdas y coqueteos con la electrónica son protagonistas, sin perder su esencia psicodélica. Cortes como ‘Mátame Camión’, marcan la diferencia con su anterior trabajo, Camino Ácido (2014), mucho más acústico. Una banda perfectamente engrasada- Víctor L. Pescador a la guitarra, Álex Izquierdo al bajo, Jave Ryjlen a los teclados y Lete G. Moreno a la batería- tocando al unísono en una única toma, consigue dar más potencia al conjunto de temas. Mientras, el cantautor lisérgico experimenta con su voz, alcanzando diferentes registros y alejándose de su característico susurro.

En Antigua y Barbuda encontramos canciones contundentes, destinadas a convertirse en himnos. Es el caso de la vibrante ‘Escupe Fuego’ -un cántico enérgico al enganche que provocan las relaciones tóxicas, en las que la frontera entre amor y odio es difusa- o ese delirante episodio-con Janis Joplin y Bukowski como protagonistas-que es Un Día Épico, que ya pudimos escuchar en el EP Siboney, que adelantó el pasado verano.

Sin perder esa esencia dylaniana, también hay tiempo para la crítica y la ironía. Stanich se pone a la defensiva en ‘Hula Hula’, una de sus canciones más bailables, donde arremete contra los periodistas musicales: “enemigos del ayer, aliados de hoy, nos separa una máquina, la que graba mi voz”. Sintetizadores, ritmos electrónicos, y referencias a Los Pecos acentúan esta actitud desafiante. Como contrapartida, se expone en la brillante ‘Casa Dios’, tema introspectivo donde hammond y guitarras entrando en bucle enfatizan esa sensación de desamparo. Su carácter solitario se abre paso a ritmo de un potente riff-claramente heredado de Tom Petty en You Wreck Me– en ‘Le Tour´95’.

El surrealismo reaparece en Camaradas, recreando una escena que bien podría formar parte de una película de Berlanga: una pareja comunista haciendo el amor frente a un retrato del caudillo. Tras los episodios delirantes, regresa a la tierra en ‘Río Lobos’ -donde parece aullar a la nostalgia- y a las melodías acústicas e intimistas en Cosecha, con un potente violonchelo para cerrar el disco.

Antigua y Barbuda es el reflejo del particular mundo de su creador, que resiste entre lo terrenal y lo surrealista. Ángel Stanich se postula definitivamente como uno de los artistas con más proyección de su generación. María