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Eduardo Izquierdo: “El melómano que no para de investigar es un rara avis”

Charlamos con el periodista musical y escritor Eduardo Izquierdo con motivo de la publicación de su libro Héroes Malditos

 

PABLO VÁZQUEZ

Pocos autores pueden presumir de tener una bibliografía formada por libros sobre Elvis Presley, Bob Dylan o Johnny Cash. Si a eso le sumamos otros tantos sobre los Doors, Aerosmith y nuestro Quique González, nos queda un panteón prácticamente insuperable del rock y el folk. En este último trabajo, Héroes malditos (2021, Efe Eme), el periodista musical Eduardo Izquierdo da un volantazo y nos presenta a todos esos talentosos artistas que, por un motivo o por otro, no consiguieron convertirse en Elvises y Dylanes. Un conjunto de músicos desdichados y, gracias a Izquierdo, ahora recuperados.

 

Has escrito sobre Dylan, Cash y Presley, y en este libro te centras en la otra cara de la moneda. ¿Qué resulta más placentero, bucear entre abundante bibliografía para aportar tu punto de vista sobre algo ya conocido o dar voz a figuras olvidadas?

Afortunadamente, cada vez hay más literatura musical. Ambas vertientes tienen sus dificultades: en el primer caso, es prácticamente imposible hacer algo que no se haya hecho antes, por lo que te tienes que documentar mucho para encontrar cosas que no estén tan sobadas, que no sean las que todo el mundo sabe. En el caso de Héroes malditos, el proceso de investigación es más placentero porque descubres cosas de manera muy rápida, pero también debes elegir bien qué puede interesar a la gente y no caer en determinadas repeticiones: mala suerte, malas decisiones, drogas, suicidios…

 

¿Cómo surge el germen del libro?

Nace de una sección fija que tenía en los Cuadernos Efe Eme. Hablando con mi compañero de Ruta 66, Eloy Pérez, que también tiene una sección similar llamada ‘Malditos seáis’, nos planteamos juntar nuestros textos y hacer algo con ellos. Cuando se lo comenté a Juan Puchades, director de Efe Eme, me dijo que él había pensado en hacer un libro con mis textos, y a Eloy le pareció bien así que tiré para delante. Yo tenía 19 artículos, a los que tuve que restar dos: uno que estaba repetido y no nos habíamos dado cuenta, y el de Silvio, por tratarse del único artista nacional y el libro estar orientado a los internacionales. Luego tuve que escribir 16 textos nuevos hasta llegar a los 33, que son las revoluciones por minuto de un elepé.

 

¿Ha sido difícil el proceso de investigación?

El mundo del periodismo musical ha cambiado mucho desde que tenemos internet. Un libro como este hubiese sido infinitamente más difícil de hacer si no estuviésemos en los tiempos que estamos. Hay algunos personajes sobre los que sí es complicado encontrar material, incluso te llegas a plantear “a ver como saco de aquí un texto largo”. Otros he tenido la suerte de poder entrevistarlos o conocerlos en persona.

 

Admito que cuando abrí el índice solo conocía unos pocos nombres. ¿Cómo se convence al neófito como yo de que vale la pena conocer a estos músicos olvidados?

Personalmente me gusta mucho investigar sobre temas culturales y artísticos, en este caso la música. La sensación de descubrir a alguien que no conocías de nada y que se convierta en un artista esencial para ti para mí es algo súper gratificante. Muchos de estos músicos han sido básicos para entender el desarrollo de determinados sonidos que luego han hecho grandes otros artistas cuyo nombre nos puede venir fácilmente a la cabeza. A todos nos atrae la idea de leer sobre gente que ha tenido mala suerte, y también nos ayuda a entender por qué figuras como Bob Dylan o Townes Van Zandt admiraban a un músico como Blaze Foley, por ejemplo. Es una manera diferente de acercarse a la música. Tirándome piedras contra mi propio tejado, diré que sobre ciertas figuras ya está casi todo dicho y se pierde esa sensación de descubrimiento. En cambio con estos otros artistas los sientes muy tuyos, estableces una relación casi personal con ellos.

 

Hay un momento en el que mencionas el libro Acordes Rotos de Fernando Navarro, que sigue una línea similar a este pero con nombres más conocidos. ¿Qué tienen los perdedores que tanto nos atraen?

Igual es por la sensación de saber que otros están peor que tú. Nos intriga el saber cómo gente que lo tiene todo para triunfar acaba metiendo la pata. Creo que también tiene que ver esa sensación tan humana de pensar “yo lo hubiese hecho mejor” o “Uy, si yo hubiese tenido esa voz o esa habilidad para tocar la guitarra”.

 

¿Podemos considerar que en el mundo de la música hay más perdedores que triunfadores?

Seguro. Cuando tú consultas algo tan manido como las listas de Spotify siempre ves los mismos nombres. Hay gente a la que sólo le interesan Bob Dylan o Bruce Springsteen y no van más allá. Si Springsteen viene 70 veces a tocar a su ciudad, ellos van las 70. En cambio si vienen figuras un poco menores, como Tom Petty o John Hiatt, no les interesan. No quieren salir de su zona de confort y están a gusto con lo que ya conocen. El melómano que no para de investigar para descubrir nueva música no deja de ser un rara avis.

 

En el libro mencionas varios casos de conciertos de estos músicos a los que has asistido y han tenido muy poca afluencia de público. Incluso de alguno que has programado tú. Imagino que debes sentir cierta impotencia o rabia.

Es verdad que sientes esa impotencia, pero al final este tipo de cosas las haces a nivel pasional. Tienes que conformarte con ese mano a mano con el artista. Es algo muy tuyo, como un pequeño secreto en el que te puedes refugiar más allá de los grandes nombres.

 

Me llama la atención, tanto en tus reseñas de discos como en este libro, que introduces anécdotas y opiniones personales en medio de otros datos más objetivos. ¿Crees que así consigues que el mensaje llegue mejor al lector, que sea más cercano?

Es una evolución que he notado en mi manera de escribir a lo largo del mucho tiempo que llevo escribiendo en prensa musical. Al principio te da pudor opinar abiertamente, porque es un juicio de valor que haces sobre la obra de alguien. Hay que estar muy seguro de lo que estás diciendo y tener un punto de valentía, o de inconsciencia, o un poco de ambas. Con el paso del tiempo te das cuenta de que, manteniendo un respeto al artista, sí que puedes introducir tu opinión, y el lector lo valora. Merece la pena que el periodista aporte su granito de arena y se moje en lo que le gusta o no le gusta. No pasa nada por señalar algo negativo, no todo tiene que ser de color rosa.