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Egon Soda: la belleza de la resistencia

Hablamos con Ferran Pontón y Ricky Falkner sobre Bellaurora, último trabajo del sexteto

 

MARÍA CANET

Un letrero art déco de la barcelonesa calle Balmes resiste sobre una pequeña oficina de venta de tickets turísticos. En él puede leerse “Bella Aurora”, nombre de una marca de cosméticos. Apenas se repara en su existencia; dos mastodónticos edificios de reciente construcción lo escoltan. Parece lanzar un desafío al presente: un espejismo de la Barcelona que ya no volverá. Bellaurora es también el nombre de un travesti del madrileño barrio de Lavapiés víctima de los excesos; de un navío estrellado en un bar que se convertiría en el hogar de su tripulación; un caballo percherón de rostro torcido; un cocktail. Un nombre que esconde historias de resistencia y que ahora también titula el quinto disco de Egon Soda (Oso Polita, 2022). 

Con más de una década de carrera, esta superbanda formada por Ricky Falkner (voz y bajo), Ferran Pontón (guitarra), Charlie Bautista (teclados), Xavier Molero (batería), Ricky Lavado (percusión) y Pablo Garrido (guitarra), es ante todo una pandilla de amigos que disfruta unida de una misma pasión, la música. Con sus miembros divididos en diferentes proyectos musicales (Love Of Lesbian, Mi Capitán, Iván Ferreiro, Xoel López) y ciudades (Madrid y Barcelona), el grupo se ha convertido en ese lugar que proporciona seguridad, al que volver para celebrar. “Es casa”, mencionan con una sonrisa Ricky Falkner, desde Madrid, y Ferran Pontón, desde Barcelona, al otro lado de la pantalla. Los kilómetros de distancia y la dificultad de compaginar agendas hace que cada disco del sexteto sea una fiesta: “nos recuerda lo felices que somos tocando juntos”, señala Falkner. El conjunto conserva el mismo espíritu adolescente que, ya en el instituto, unió a Pontón, Falkner y Molero: “en mi casa se escuchaba música clásica. El Exile On Main Street de los Rolling Stones o Led Zeppelin me hicieron o querer tocar la guitarra. Cuando conocí a Ricky y a Mole, yo era un flipado del blues y ellos estaban más en el post punk”, señala Ferran. “The Cure es lo que nos unió a los tres”, añade Ricky, quién, por su parte, creció “con un gusto ya muy definido, escuchando a Elvis, Beatles, Beach Boys. Conocer al resto me hizo abrirme a otras músicas”. Una complicidad que, admiten, les permite tomarse ciertas licencias, como los ensayos: “presuponemos que todo lo que hemos ensayado en nuestra adolescencia ya nos da carta blanca. Esta vez tuvimos literalmente 4  días de ensayos antes de meternos en el local”, cuenta entre risas Ricky.

Acostumbrados a trabajar en la distancia, Ponton admite que el confinamiento ha marcado los ritmos de trabajo —“entre que se compuso y empezamos a grabar pasó un año”— y el trasfondo del álbum: “de ahí ese elemento reflexión y de estar solo con uno mismo”. Grabado en La Casamurada (Tarragona), Bellaurora es un disco introspectivo, con la voluntad de reivindicar “los momentos de calma” y la artesanía a la hora de hacer canciones: “está pensado para que, el que está escuchando le dé algo de su tiempo, calor y mimo” . Un trabajo en el que la resistencia enfocada a defender “quién uno es y lo que tiene de particular para no dejarse llevar por el ruido”, conforma el hilo de Ariadna que enlaza sus doce temas. En el particular universo de Ferran, autor de las letras, observación y crítica conviven junto a referencias sociopolíticas y culturales: de la crítica al feroz consumismo capitalista a la pintura de Delacroix o Arcimboldo, sin prescindir de la mitología griega o de personajes históricos. “Mi padre es editor, mi madre librera, mi hermano profesor de Universidad… No lo hago con una pretensión, siempre he estado rodeado de libros. La cultura forma parte de mi expresión natural, son referentes que ya forman parte de mi forma de ser y de mi educación sentimental”, incide.

“Nos gusta jugar a ser diferentes grupos. Nunca nos hemos sentido ligados a un estilo en concreto más allá de las guitarras”

La formación posee un ADN propio —“una de nuestras características es que todo lo que tocamos acaba sonando a Egon Soda”— con melodías que transitan desde el rock o el pop hasta la música negra,  ritmos latinoamericanos o la americana. Los Egon juegan “a ser diferentes grupos, que haya cosas de lo más frío tipo britpop a lo más cálido. Nunca nos hemos sentido ligados a un estilo en concreto más allá de las guitarras”, señala Falkner.  Bellaurora zarpa como protagonista de un cuento con la sinfónica ‘La Canción de Todas las Canciones’, donde la solemnidad de arpas y vientos se ve interrumpida por una duda acentuada a través de los sintetizadores: “no sé si sabré hacer la canción de todas las canciones”.  Un tema que Ponton claramente visualizaba como la apertura del elepé: “fue la primera que compuse, es como una llamada de aquí van a pasar cosas. Me encanta que la voz de Ricky genera sensación de comodidad a pesar del ruido que hay detrás, y cuando vuelven a entrar los instrumentos vuelves a descansar”, explica.  En un viaje de ida y vuelta, la calma que provoca el regreso se palpa en la grandilocuencia  creciente de ‘El Bellaurora’, favorita de Ricky: “Ferran tenía claro que tenía que ser la última, yo dudé en si tenía que ser la que cerrara el disco o la abriera”. 

Entre medias, piezas de rock suave y etéreo como ‘Todo Lo Que Sangre’ —“estructura un poco el disco”— o ‘Autorretrato Con Fracaso al Fondo’, dan paso a los destellos funk que desprenden ‘Como Si Los Pianos Se Afinaran Solos’ —”ese ah ah ah del estribillo a lo McCartney es uno de esos guiños que nos hacemos entre nosotros”— o ‘Sendero Luminoso’, que, en palabras de Ricky, ofrece “una manera más accesible de hacer funk, al estilo británico de The Clash o el rock de Led Zeppelin; esa manera de hacerte hace bailar con un negror hecho por trogloditas”, bromea. Las guitarras de ‘Aves De Presa’, son otra prueba: “no tocamos como si fuéramos Sly and the Family Stone porque no podemos, pero lo llevamos a lugares propios. La gracia es combinarlo con cosas no tan evidentes (letra, cortes que van a  lugares más pop…) y ver que todo puede encajar cuando tocamos juntos”, señala Ferran.

Ponton es el instigador de experimentos como ‘El Lecho De Procusto’, según Ricky, “una canción Smiths”, donde confluyen sintetizadores ochenteros y el latido de ritmos africanos. Una mezcla que, confiesa entre carcajadas,  “no sé si Morrisey podría tolerar”. La cadencia flamenca de ‘Milongas’, con Falkner atreviéndose con el falsete, es otra de los desafíos a los que le empuja Ferran: “intentamos hacer cosas que nos hagan explorar los límites, divertirnos, dentro de lo confortable. Lo intentamos hacer con respeto y sin que parezca una broma. Ferran lo propone porque se ve con la libertad y con los escuderos para hacerlo”. Como reza la letra de ‘El Sol En la Botella’, Egon Soda son “pelotón”, no un mero grupo de soldados. Una tema que “fue cambiando paulatinamente, la original era más pobre”, para celebrar la amistad entre vientos y coros gospel: “cuando la hice pensé que igual era demasiado americana para Egon, que quizás podría encajar para otro, pero Ricky me mandó a tomar por culo. Es una de las que más satisfecho estoy con el resultado final”. 

Juntos vieron también Get Back (documental sobre la grabación del Abbey Road de los Beatles estrenado el pasado noviembre): “he pasado por muchas fases: he odiado a todos los miembros, los he amado…”, señala Ricky. “A mí me sorprendieron los momentos donde se lo pasaban bien, ¡te generan tantas ganas de tocar y componer!”, exclama Ferran. Los de Liverpool salen a relucir en  la bella ‘Ortigas En Tu Nombre’, con un harrisoniano riff: “en la maqueta dominaba más Lennon que Harrison, pero lo fuimos echando de la canción”, bromea Ferran. Un corte dedicado a la madre de Ferran y que configura uno de los  momentos más íntimos del elepé: “es un homenaje a esas personas (padres, parejas o amigos) que no han tenido un reconocimiento, básicamente porque se han dedicado a hacer posible la vida de los demás. Fue muy emotiva de grabar”, narra. ‘Ego me Absolvo’, la “bisagra” del disco, genera otro de esos momentos de introspección afilada pero emotiva, gracias a su crudeza acústica: “la grabamos en directo Ricky y yo solo en la casa estudio de Dani Ferrer, que toca el solo de trompa al final, es la última que se grabó. Pusimos un micrófono en el jardín y justo se escuchan los aplausos de unos vecinos que no tenían nada que ver, una moto, un perro…”. 

Bellaurora zarpa de la incertidumbre para alcanzar la calma. Doce canciones que son ese abrazo amigo, tan necesario en el consuelo como en la celebración. Egon Soda parece lanzar el mismo desafío que el cartel de la calle Balmes: hay belleza en la resistencia.