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El cumpleaños más sugerente de Lucinda Williams

Contadora de historias y artesana de la americana, siempre es la última en saber lo buena que es

 

MANOLO FERNÁNDEZ | CON LAS BOTAS PUESTAS 

La relación emocional de Lucinda Williams con el country, el folk y el blues es evidente en cada uno de sus registros. Si a eso añadimos que ha nacido en Lake Charles, en el estado de Louisiana, sus influencias sureñas sustentan un edificio musical imposible de derribar. La música es su hogar, aunque en demasiadas ocasiones sólo ella ha parecido desconocer su talento musical. Su buen amigo Steve Earle solía comentar que era la última en saber lo buena que es. Y tiene razón.

Hoy cumple 69 años. Es una edad tan sugerente que nos ha motivado aún más a reencontrarnos con ella después de que nos diera un susto terrible cuando supimos que el Día de Acción de Gracias de 2020 había sufrido un derrame cerebral. La internaron y descubrieron un coágulo de sangre en el lado derecho de su cerebro que le afectó al lado izquierdo de su cuerpo. Por suerte, fue dada de alta un mes después y, por suerte, los médicos no han visto ningún daño cerebral.

Antes de aquello, había grabado seis conciertos que fue emitiendo a lo largo de los dos últimos meses de ese 2020 con el título genérico de Lu’s Jukebox. Lo hizo en apoyo de promotores y salas de conciertos, que siguen sufriendo los rigores de esta pandemia. Cada uno estaba dedicado a un artista o un estilo musical.

Lucinda Williams ha seguido unos parámetros personales que le han acercado y alejado de las raíces musicales que se le quieren atribuir. Para conocerla en profundidad debemos prestar atención a cada uno de sus trabajos publicados, desde su debut en 1979 con aquel disco titulado Ramblin’ On My Mind, que editó  Folkways Records, hasta el maravilloso Good Souls Better Angels de 2020, dedicado a abordar los problemas más cercanos sin obviar las cuestiones políticas, un terreno en el que entró en profundidad con un poderoso protagonismo de la guitarra de Stuart Mathis.

 

 

Lucinda, publicó en 2014 un doble álbum tan descriptivo y profundo como Down Where The Spirit Meets The Bone, que abría “Compassion”, un poema escrito por su padre, el poeta, crítico y profesor de literatura, Miller Williams, buen amigo de Tom T. Hall. Sin embargo, fue la escucha de  Highway 61 Revisited de Bob Dylan lo que la impulsó a cantar y tocar, aunque pronto se sintió atrapada por el blues del Delta, encarnado de forma especial por Robert Johnson, cuyo “Ramblin’ On My Mind” abrió y dio nombre a su primer álbum, lleno de clásicos de country, folk y blues. La continuación, Happy Woman Blues, del año siguiente, despejó afirmativamente el interrogante de si sería capaz de completar un registro con sus propias composiciones.

Tuvieron que pasar ocho años para que viera la luz un nuevo registro de título homónimo, convertido en uno de los más brillantes álbumes de la segunda mitad de los 80. Había regresado a los escenarios con el apoyo especial del guitarrista Gurf Morlix  y estuvo viviendo entre Houston y Austin antes de trasladarse a Los Angeles. Había trabajado a fondo cada una de sus composiciones y a esa fusión natural de los estilos básicos les dio una apariencia de puro rock que le abrieron las puertas de una industria que empezó a darle el reconocimiento que como autora deseaba tener. Patty Loveless (“The Night’s Too Long”), Emmylou Harris (“Crescent City”) o Mary‑Chapin Carpenter (“Passionate Kisses”) cantaron sus canciones y las llevaron al éxito.

Trabajo en RCA pero no era capaz de controlar sus proyectos, ni podía comunicarse correctamente con los ejecutivos de la compañía. El sonido no era bueno, había demasiadas tomas y el resultado no satisfacía a nadie, así que dejó el sello sin terminar ningún trabajo. Sin embargo, la experiencia le vino muy bien para el futuro.

Los 90 dejaron dos joyas como Sweet Old World, donde estaba acompañada por Benmont Trench, Byron Berline y Jim Lauderdale, entre otros, y Car Wheels On A Gravel Road, del que se ha dicho que es el Blonde On Blonde de esa década. Era, posiblemente, el momento más dulce de su carrera como compositora y vocalista. Inició los trabajos de este último disco con Gurf  Morlix pero, tras cantar a dúo con Steve Earle para el álbum I Feel Alright, quedó enamorada de aquel sonido y regresó al estudio para regrabar muchos de los temas con Ray Kennedy como productor. Pero sería definitivamente Roy Bittan, de la E Street Band de Springsteen, quien asumiría esa tarea. Fue una muestra más del perfeccionismo de Lucinda Williams.

 

La primera década del nuevo siglo nos regaló piezas  de la categoría de Essence, World Without Tears, West y Little Honey. En la segunda comenzó con Blessed y la ha culminado con Good Souls Better Angels, dejando por medio Down Where the Spirit Meets the Bone, The Ghosts of Highway 20 y Vanished Gardens, pero no quiero ocultar que para celebrar este nuevo cumpleaños de Lucinda Williams mi banda sonora tiene que ver con que sus grabaciones de la segunda mitad de lo 80 y años 90 me dejaron marcado. Ha desarrollado su talento sin dar ningún tipo de concesiones y sus canciones gozan de una furia emocional tan pura que siempre me obliga a respirar hondo.