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Elegía a Justin Townes Earle

Steve Earle rinde un sentido homenaje a su hijo, Justin Townes Earle, fallecido el pasado agosto

 

MIGUEL CANALDA

«¡Hey, pequeñajo! No me puedo creer que hayas contestado al teléfono», canta dulcemente Steve Earle en el arranque de la preciosa ‘Little Rock ‘N’ Roller’ que dedicó a su hijo Justin Townes y que incluyó en su primer álbum. Más de tres décadas después de esas llamadas a casa entre bolo y bolo para darle las buenas noches a su little guy de apenas cuatro años, la rasgada voz del viejo forajido del country-rock narra en ‘Last Words’ la conversación que mantuvo con J.T. horas antes de que éste falleciera por sobredosis el pasado verano en Nashville. “La última vez que hablamos fue por teléfono, / colgamos y ahora ya no estás. / Lo último que te dije fue “te quiero” / y las últimas palabras que me dijiste: “yo también te quiero”».

Earle debería demandar por plagio a los poetas trágicos de la Antigua Grecia, pues parecen haber tomado demasiadas referencias de la excesiva vida del músico estadounidense que el 4 de enero publicó J.T. (New West Records, 2021), fecha en la que Justin Townes habría cumplido 39 años. Quizá sea al revés y al esforzarse tanto en absorber la música tradicional de su país, llegó hasta las mismas fuentes de la civilización occidental para hacer de su vida un constante homenaje del que ya no puede salir.

Tan solo con la idea de nombrar al primogénito en honor a Townes Van Zant, Sófocles se habría frotado las manos para ponerse a enredar con el destino y Esopo añadiría aquello de «ten cuidado con tus deseos, porque se te puede conceder». Van Zant fue el motivo por el que Earle se marchó de casa siendo un adolescente para dedicarse a la música y seguir los pasos de su ídolo. Justin Townes, en cambio, no se interesó de chaval por los géneros admirados por un padre demasiado ausente, hasta que un día éste le dio a conocer el disco de Leadbelly en el que aparecía el ‘Where Did You Sleep Last Night’ versionado por sus adorados Nirvana. Una vez ganado a la causa, el joven desarrolló un estilo propio que plasmó a lo largo de sus nueve discos publicados y en los que destaca una habilidad para el finger-picking que Steve envidiaba de Van Zant.

Como por alguna artimaña de los dioses, las ventajas intrínsecas de portar el nombre de Townes también acarreaban sus lastres. Los demonios de los que Earle ‘Padre’ pudo escapar cuando él mismo estuvo a las puertas del Hades a causa de la heroína, acabaron primero con la vida del alcoholizado Van Zant y ahora lo han hecho con la de Justin Townes, cuya autopsia desveló una sobredosis de alcohol, cocaína y fentanilo, opiáceo primo hermano de la heroína.

Earle ya homenajeó a Van Zant en Townes (New West, 2009), al igual que diez años después publicó Guy (New west, 2019) como tributo al también fallecido Guy Clark. Con J.T., su decimonoveno álbum de estudio, ha creado un juego de espejos donde es imposible discernir los límites entre padre e hijo. Steve ha llamado a los Dukes, sus compañeros de conciertos y antiguas farras, ha escogido diez canciones de su hijo y les ha añadido voltios y distorsión para llevárselas a su terreno más rockero, aunque sin olvidarse del fiddle, el dobro o la pedal steel guitar.

Las palabras que en su día salieron de Justin Townes ahora las canta el viejo Earle como si éste las hubiera escrito para la ocasión. La muerte es una constante en las letras del country, el folk, el bluegrass o ese totum revolutum que es la Americana y no sorprende verla a menudo en las composiciones de Justin Townes, incluso al ritmo de música tan viva como la de ‘Harlem River Blues’ con un narrador que se dirige alegremente hacia su fin dando palmas al tiempo que suelta frases ahora tan desgarradoras como «decidle a mi madre que la quiero, decidle a mi padre que lo intenté / dadle mi dinero a mi pequeña para que se lo gaste”. Huelga decir que el dinero que genere J.T. se destinará en fideicomiso a Etta St. James Earle, la hija de tres años de Justin Townes.

El desdoblamiento entre padre e hijo es todavía más palpable en ‘Turn Out My Lights’, canción de despedida que Justin Townes escribió con una mujer en mente y que Steve hace enteramente suya palabra por palabra, al quitarle sutilmente un babe que se cuela en la original para convertirla en sus propios sentimientos ante la marcha definitiva del hijo, con quien tuvo sus más y sus menos.

Es tentador pensar que por esos momentos oscuros de su relación, el forajido ha evitado incluir canciones de dos discos con títulos tan acusativos como Single Mothers (Vagrant Records, 2014) y Absent Fathers (Vagrant Records, 2015), aunque en una entrevista para el New York Times asegure que se debe simplemente a que no se sostenían tan bien como otras. Hay motivos para creerle, pues ha sabido reducir el excesivo sentimentalismo a base de oficio y actitud para crear un disco que celebra la vida con todos sus matices, generoso en ritmos y melodías que destilan alegría hasta que llegar al jodido final con ‘Last Words’, única composición original del padre, donde sobre su casi desnuda guitarra acústica se escucha la cansada voz de quien ya ha dicho demasiadas veces lo que tenía que decir.

Earle interpretó en The Wire al exheroinómano Walon (otro homenaje) y se le puede atribuir el mérito de conseguir que las historias plasmadas en la totémica serie sean más optimistas que su propia vida. Los consejos que calan en la ficción con su personaje fracasaron en boca de Steve, incapaz de engañar a los dioses ávidos de cobrarse la deuda por convertir a su ‘little rock and roller’ en un respetado músico; pero el incansable forajido les ha devuelto el golpe con J.T. para demostrar una vez más que las almas entregadas a la tradición del country nunca mueren del todo.