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Alejo: la magia del rock and roll no cabe en 180 gramos

La Fiesta Era Para Otros es su debut en solitario

 

IVÁN GONZÁLEZ 

Aunque es temprano, Alejo (Tudela, 1992) está repleto de energía. Lejos del estereotipo del rockero trasnochador,  ya ha tenido tiempo para dar clase y escribir, algo que hace a diario como parte de su proceso creativo y como terapia para enfrentarse a un mundo que cada vez le es más difícil  entender. En su casa no tiene televisión; su puerta al exterior está directamente en la calle y en los libros. Sí tiene un espacio reservado en primera fila para su guitarra, una magnifica Fender Telecaster del 78. Consciente de la dificultad de compaginar un trabajo de ingeniero biomédico (carrera que estudió) con el de músico, al menos si “también eres compositor de tus canciones”, decidió apostar por la música. Ponto empezó a tocar el saxofón en su Tudela natal, pero rápido se enamoró de la guitarra. La primera que compró, una Gibson Studio fue gracias al dinero que ganó trabajando con su abuelo en el campo y con su tío en la obra. Luego la vendió y todavía sueña con recuperarla.

La influencia musical de bandas navarras como Barricada o el sonido del rock nacional de Platero y Tú o Extremoduro, junto a una escena local muy activa en su pueblo natal, hicieron el resto. Después de varios proyectos (Malataos y Artea), formó Con X the Banjo, con influencias más clásicas que descubrió en el camino: The Rolling Stones, The Beatles, Creedence Clearwater Revival o Tom Petty y, sobre todo del blues. Tras publicar un álbum, El Placer de Sobrevivir (Banjo Records, 2018) y un EP, El Epicentro (Banjo Records, 2019), Alejo decidió emprender una carrera en solitario que ha arrancado con la publicación de su primer disco, La Fiesta Era Para Otros (Start Anew, 2022).

“La magia del rock ‘n’ roll no se puede meter en 180 gramos”

Grabado en los Estudios Reno de Madrid, con Ramiro Nieto (percusionista de Sidonie, Sidecars, Tulsa y Zahara) como productor, ha sabido conjugar el sonido más clásico de su anterior etapa, con el de bandas más contemporáneas que actualmente predominan en su universo: desde Dawes a Wilco pasando por The Jayhawks o Hiss Golden Messenger. Alejo terminó de componer las canciones cuando la cuarentena llegaba a su fin y la gente empezaba a disfrutar de nuevo.  Mientras, él se centraba en terminar su trabajo; la fiesta era para el resto. Tras presentar más de 20 canciones, 10 terminaron  por ser las elegidas y grabadas en directo con guitarra rítmica, bajo y batería. Algo que “genera muchas imperfecciones, pero hace los discos más creíbles” y ayuda a transmitir esa “magia del rock ‘n’ roll que no se puede meter en 180 gramos”. Sobre esa base, la experimentación ha llevado a una producción en ocasiones compleja, repleta de pistas y arreglos, donde destacan las siempre presentes Telecaster y las voces y coros. Las letras, con un toque de ironía, tienen la melancolía como nexo de unión. “Una emoción positiva” centrada en echar de menos a alguien o a una realidad diferente, en un intento de transmitir estoicamente que se puede estar “debajo del paraguas y aguantar independientemente de cómo vayan las cosas”.

El primer single, ‘Paso Firme’, es un rock de corte setentero con  mensaje esperanzador que refleja muy bien el espíritu del disco. ‘Patologías del Bienestar’, la más cercana a Tom Petty,  es una crítica a la falta de aguante de nuestra sociedad, profundamente acomodada: “ya no comulgo con la realidad de una sociedad que parecía saldría mejor después de la pandemia y que ha salido más egoísta”. Destacan también, ‘Autoayudas’ un reproche a esa necesidad de estar siempre bien, con un sonido más grande  al estilo Oasis o ‘Reina Republicana’, una balada  arriesgada al estilo Wilco, con una batería con delay en segundo plano, guitarras acústicas como nexo de unión y un chelo de fondo, que plantea una paradoja “macarra y elegante”.

Alejo se presenta a base de melancolía rock con un compendio de canciones que van desde el rock clásico al pop británico y a la americana más pettyniana. La añoranza es, literalmente, la espita para la creación. Un estado constante de pérdida e incomprensión que, sin hacer sentir mal, conduce a la certeza de que “no nos van a derribar”.