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La euforia triste de otra generación perdida

El cuarto trabajo de Biznaga ahonda en la falta de expectativas de la generación crecida en los 90 bajo el prisma del pop

 

MARÍA CANET

1992 fue un año fértil para la esperanza. Las Olimpiadas de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla fraguaron los cimientos de la España del pelotazo, aquella que, ladrillo a ladrillo, construyó una próspera idea del porvenir derribada, años más tarde, por la corrupción política. Promesas de un futuro boyante con las que creció una generación, la nacida entre finales de los ochenta y principios de los 90, que, treinta años después, mira al pasado con decepción y al futuro sin esperanza; al presente sólo le queda la rabia que se traga, de golpe, bajo forma de chupitos de Jäggermeister un viernes noche. Una generación a la que cantan Jorge (bajo y letras), Álvaro (voz y guitarra), Milky (batería) y Pablo (guitarra), en Bremen No Existe (Montgrí, 2022), último trabajo de Biznaga. Aquellos niños y niñas de los 90 hoy son treintañeros sin rumbo, como el burro, el perro, el gato y el gallo que trataron de llegar a Bremen con el objetivo de vivir de la música en el cuento de los hermanos Grimm. Relato que sirvió de inspiración para Los Trotamúsicos (serie de dibujos animados emitida entre 1989 y 1990), protagonistas de la portada. Un disco dirigido a “otra generación perdida, porque muchas otras pueden verse reflejadas en lo que contamos”, señalan Jorge y Álvaro desde una taberna del madrileño barrio Marqués de Vadillo.

A pesar de reivindicarse como grupo de pop desde sus inicios —“cuando decíamos eso hace 10 años la gente no se lo tomaba bien”— Biznaga han sido permanentemente asociados a la escena punk rock, revitalizada con jóvenes bandas como Futuro Terror, La Trinidad o Tiburona: “nos gusta la música popular y eso engloba toda clase de estilos y subgéneros. ¿Qué son los Ramones sino un grupo de pop acelerado y con distorsión?”. Grabado en los estudios La Mina (Sevilla), el poso noventero que destilan ‘Espíritu del 92’, tema que condensa la filosofía del disco, o ‘La Escuela Nocturna’, sintetizadores mediante, es parte de la huella de Raúl Pérez (Kiko Veneno, Niño de Elche, Novedades Carminha) coproductor del álbum: “nos ha costado delegar, porque siempre hemos producido nosotros, pero Raúl nos dio esa confianza, también a nivel personal”, cuenta Álvaro. Bajo la premisa de hacer “nuestro disco de pop”, afirman que Bremen No Existe es la respuesta a Gran Pantalla (Slovenly Recordings, 2020), un disco que aborda la influencia de las pantallas en nuestra sociedad, publicado días antes de la proclamación del estado de alarma: “veníamos de hacer un disco frío y este es más emocional, directo y melódico. Había bocetos más oscuros y punkis, pero los acabamos desechando. El cuerpo nos pedía pop”, señala Jorge.

“Son melodías bonitas que, a la vez, te dejan con cierta desazón, lo que crea una sensación de melancolía extraña, que es la que más nos mola transmitir”

Esbozado durante el confinamiento, el cuarto álbum de la banda ofrece un envoltorio luminoso para letras crudas que ahondan en la falta de ilusiones y expectativas, y que han vuelto a dar una forma conceptual al elepé: “igual hemos cogido esa costumbre”, reflexiona Jorge. “La diferencia es que Gran Pantalla se concibió así desde el primer momento. Con Bremen nos dimos cuenta a medida que fuimos trabajando las canciones en el local; aunque teníamos clara la dirección musical, a nivel lírico, los primero sorprendidos fuimos nosotros”, añade Álvaro. El resultado son 10 canciones que crean “una sensación de melancolía extraña, que es la que más nos mola transmitir. Son melodías bonitas que, a la vez, te dejan con cierta desazón. Estamos tristes, pero vamos a salir a echarnos unos bailecitos”, Álvaro. La noche, escenario en el que exorcizar el fracaso y rescatar algún fragmento de sueños desechados: “es una forma de dejar salir cosas malas, pero también puedes conocer a gente increíble. Nuestra banda se formó en la noche”, confiesa Álvaro. ‘La Escuela Nocturna’, con una personal adaptación de un poema de John Keats, o ‘Filósofx Intempestivxs’ retratan esos intentos de salvarse a uno mismo, pero también a aquellos que tratan de arreglar el mundo desde la comodidad de su sofá, después de una madrugada de excesos: “siempre se ha dicho lo de comunista de salón, pero es un tema irónico; nosotros mismo podemos acabar así mismo esta noche con 4 cervezas más”, bromea Álvaro. “Todo el mundo puede reconocer a alguien o a sí mismo, pero sin acritud. Podemos citar a Carlos Marx y acabar con la cara de Harpo. No estamos por encima de nadie, precisamente, hablamos desde la propia experiencia”, añade Jorge. El día, sin embargo, expone la grisácea realidad de unos niños que fingen ser adultos, que viven con los efectos de una resaca cosidos al espíritu en un intento de atrapar una juventud que se escapa como un último tren, mientras apenas pueden pagar un alquiler. Algo que abordan ‘Líneas de Sombra’ o ‘Domingo Especialmente Triste’, que cuenta con la colaboración de Isa (Triángulo de Amor Bizarro): “hay un cierto peterpanismo endémico en un par de generaciones y en las que vienen ya… Se ve en la dinámica de los youtubers, en esas habitaciones donde hacen los directos. Estamos desubicados en un mundo donde se supone que somos niños grandes sin independencia, que no tiene decisión directa sobre las cosas que ocurren”, apunta Jorge.

Si la rabia fruto de la precariedad aflora en las potentes guitarras de ‘Contra Mi Generación’, un anti-himno generacional que Álvaro entona como un grito de guerra, la nostalgia asoma en ‘Cómo Escribimos Adalides de la Nada’, una composición que mezcla la reflexión sobre el paso del tiempo a nivel personal —“este año cumplimos 10 años (8 con la actual formación) como banda y en este tiempo no ha cambiado ni nuestro sueldo ni nuestra forma de vida” — con las cenizas del 15-M. Un guiño a uno de los primeros temas de Biznaga (‘Adalides de la Nada’) con el que pretendían “plantear una pregunta: “¿qué ha cambiado desde entonces? La respuesta es que los adalides de la nada seguimos siendo los mismos. Los líderes de los nuevos partidos que surgieron han acabado fagocitados por la centrifugadora de la política parlamentaria”, sentencian. Del pasado al presente más inmediato en ‘Todas las Pandemias del Mañana’, donde exclaman “nosotros somos el puto virus/somos el bicho que hay que erradicar”. Radiografías sociales con una vis crítica que Jorge, autor de las letras, combina con referencias culturales: “funciono mucho por el “esto es como…”, tengo memoria fotográfica y me quedo con muchas cosas que me han impactado. Cojo esas ideas para construir la canción a nivel lírico, es como una especie de mapa histórico-cultural que me acompaña en mi día a día”.

Acostumbrados a encadenar “crisis tras crisis y tiro porque me toca”, afirman que vivir exclusivamente de la música se les antoja aún utópico: “se puede malvivir, pero no vivir”. Algo en parte motivado por los costes del día a día en grandes urbes como Madrid, ciudad a la que Jorge y Álvaro llegaron, respectivamente, hace 15 y 12 años desde su Málaga natal y que es la otra gran protagonista del disco: “se presenta súper hospitalaria, que lo es a nivel gente, pero cada vez es más lo contrario: parece que te expulsa, por ejemplo, con los precios de los alquileres”. Una relación de amor-odio plasmada a lo largo del álbum, especialmente en ‘Madrid Nos Pertenece’, un punzante llamamiento a la reacción de sus habitantes. En el Madrid de Biznaga hay cucarachas, palomas, asfalto gris, parques en los que apurar litronas, cementerios, colas de día en el SEPE o de madrugada en la sala Wurlitzer. Menciones a rincones frecuentados, que presentan a la ciudad como “el gran personaje de la música popular, más allá de las historias de amor. Por eso me sorprende mucho que hablen ahora de géneros urbanos; ¿el rock no es urbano?”, se cuestionan.

El burro, el perro, el gato y el gallo nunca lograron llegar a Bremen. El recuerdo de la España de 1992 es hoy ese Bremen cañí: una promesa rota que atravesó a una generación magullada y en decadencia, como Los Trotamúsicos de la portada. La euforia triste de unos treintañeros con chupas de cuero, gafas de sol, litronas y tabaco para fingir que la vida no les ha pasado por encima, que aún habrá tiempo y oportunidades. Jodidos, pero bailando.