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Juana Everett

Juana Everett, el arte de apostar doble o nada

La compositora madrileña lanza Move On, un primer LP donde aborda los cambios vitales bajo la influencia de la música norteamericana y el sonido de los 90’s

 

 

MARÍA F.CANET

En su época como estudiante universitaria, Juana Fernández (Madrid,1985) se hizo una promesa tras conocer California: vivir allí algún día. “Fui a visitar a un chico californiano del que me hice muy amiga durante mi Erasmus en Holanda. Fue el primer viaje que hice sola. Me enamoré, tuve una revelación” cuenta con emoción desde Los Ángeles. Allí el reloj marca las 10:00 a.m, mientras que, en España, a las 19:00 de la tarde, el día ya encarrila su ocaso. Hace ya 4 años que la artista dejó su Madrid natal para instalarse en la costa californiana cumpliendo así esa promesa de juventud. En la capital se quedaron un trabajo en el departamento de publicidad de Spotify del que “estaba cansada”, una relación “tóxica” y un proyecto musical, T-Juana, con la música de raíces norteamericana como bandera. Hace 5-6 años, aquella escena que Manolo Fernández (Toma Uno) denominó “Americaña”, y de la que surgieron intérpretes como Nat Simons, era muy pequeña: “Saqué el EP Golden Hearts y estaba muy metida en el underground, pero veía que de la escena americana la formaban casi todo bandas de fuera”.

Fernández decidió apostar: vendió su coche, dejó el piso en el que vivía y cruzó el charco. La adaptación, confiesa, no ha sido fácil: “Hay mucha idealización; ni son los 60’s, ni está Joni Mitchell en Laurel Canyon”, comenta entre risas. “Son culturas muy diferentes, sobre todo a la hora de socializar y hacer amigos. En L.A, la gente se mueve por objetivos, encontrar gente con la que sientes una unión más íntima lleva mucho tiempo. Además, es una ciudad inmensa, aquí la escena está súper repartida, son otras dimensiones”. Los dos primeros años los dedicó a rehacer su vida —“pensé que iba a tocar y no toqué nada. Entre vivir, estudiar, trabajar, escribía canciones a modo de supervivencia” — y a formarse en el mundo de la producción co el objetivo de “producirme a mí misma en un futuro”. Al fin, en 2019 pudo grabar Move On (autoeditado, 2021), su primer LP, bajo un nuevo pseudónimo artístico: Juana Everett. “Me di cuenta de que mi nombre no transmitía musicalmente lo que era. En México hay muchas Juanas, Fernández es un apellido común, y esperaban algo más mexicano. Cuando me casé, decidí tomar el apellido (artísticamente, no legalmente) de mi marido. Transmite bien esa combinación de influencias”.

Ese cruce de influencias se palpa en a lo largo del disco, grabado en un estudio en Glendale en el que Everett trabajaba — “me llevé muy bien con el dueño y me dio la oportunidad de grabarlo allí”— y para el que ha contado con músicos locales y la ayuda de su suegro, Randy Everett, en las mezclas: “es un ingeniero de mezclas tremendo, está nominado a los Grammy este año”. ‘Move On’ es un álbum que nace del periodo de transición entre Madrid y Los Ángeles y en el que la música norteamericana se funde con otros estilos. La impronta más rockera de artistas como Lucinda Williams — “La vi en la sala Troubadour (mítica sala de conciertos en Los Ángeles donde empezaron los Eagles), una sala pequeñita, más que la Sol. Fue genial, y es una tía muy cercana y humana” — o Tom Petty, es notable en cortes como ‘Drifter Of Love’, que narra su aterrizaje en EEUU. Composiciones más íntimas como ‘Light Up A Fire’ y ‘I Wont See You Anymore’, beben del folk más acústico debido a su temática; si la primera, “habla de la depresión, tiene un ritmo más lento, pero, al final, siempre existe algo a lo que aferrarse para tirar adelante”, la segunda es “otro tipo de tristeza, tiene que ver con una ruptura”.

 

El country alternativo perpetrado por artistas como Jason Isbell destaca en temas como ‘Free As A Bird’ o ‘Fake Love’, mientras que ‘Until The Sky Ain’t Blue ’ y ‘Wind Wistle Blow’ son temas que remiten al sonido de los 90’s, al grunge e incluso al punk: “nací en los 90 y esa influencia es muy importante. Mi primer proyecto fue una banda de punk-rock, así que esas influencias están ahí. No quería hacer un disco de género, quería hacer canciones y que cada una de ella contara una historia de una manera concreta”. Un resultado final que es “un baile entre géneros”, algo que considera característico de una generación de jóvenes “abiertos a experimentar” como Lydia Loveless, otra de sus influencias: “Ha de haber músicos que mantengan los estilos musicales tal y como los conocemos, pero creo que en el S.XXI nadie escucha sólo un estilo”.

Las emociones son las absolutas protagonistas de las letras. La tristeza y la nostalgia se palpan en ‘Silver Planes’ —“tiene que ver con una relación a larga distancia, nos veíamos muy poco, tenía la obsesión de ver aviones y acordarme de él” — o ‘Little Tragedies’, que compuso al piano y conserva un poso muy Norah Jones: “la escribí en un momento en el que sentí que había aterrizado, tiene un sonido más reposado; habla de esos momentos de miedo, de sensibilidad, pero siempre mirando hacia adelante”. Sin embargo, ‘Until The Sky Ain’t Blue’ es esperanzadora, “un tirarse a la piscina en el amor otra vez”, tras vivir varias relaciones tóxicas. “Tristemente, las mujeres hemos vivido especialmente el amor tóxico, tragamos lo que no deberíamos y es un aprendizaje. Ahora me he encontrado con alguien que me quiere bien. Hay que estar abierta y tener mejor ojo, así que siempre hay esperanza”, comenta entre risas.

La actual situación ha obligado a Juana a no hacer planes de presentación del disco: “Está todo parado, peor que en España, muchas salas están cerrando”. Algo inquietante para una ciudad con una importante —y ecléctica— escena musical: “se valora mucho la originalidad y el hacer tu movida sin complejos. Se ven cosas muy interesantes, también muy raras. Eso también me ha dado confianza para hacer las cosas como yo creo que han de ser hechas”. De momento se contenta con que su música haya dejado de ser sólo suya: “Estas canciones me han curado muchas heridas, pero ya era hora de que otras personas las hicieran suyas”. Unas canciones que, “aunque haya pasado tiempo, son una ventana al pasado, a veces duelen y otras son una liberación”. Sobre la cicatriz de sus heridas, Juana Everett ha cosido las alas que le permiten moverse con la libertad de quién apostó doblo o nada y venció.