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Un afilado corte de mangas por cada “no puedes”

La madrileña se aleja de las raíces norteamericanas y se aproxima al glam rock con su tercer trabajo, primero en castellano

 

MARÍA CANET / IVÁN GONZÁLEZ

La Plaza de las Comendadoras es todavía uno de los pocos lugares de Malasaña donde se respira autenticidad; los vecinos aún pueden esquivar las hordas de turistas que guiados por su Lonely Planet buscan un lugar cool en Madrid. A esa hora en la que es algo tarde para un café, pero demasiado pronto para una cerveza, Nat Simons (Madrid, 1985) irrumpe en el Café Moderno con gafas Ray-Ban, chupa de cuero y botines blancos. No hay rastro de la casaca de flecos o de las botas de cowboy que lucía hasta hace poco; ahora está más cerca de Marc Bolan que de Emmylou Harris. Ese cambio estético es la guinda de una catarsis artística y personal que se refleja en su último trabajo, Felina (El Dromedario Records, 2021), publicado el pasado octubre.

Convertida en referente dentro de la Americana made in Spain con sus dos primeros álbumes, Home on High (Audiomatic Producciones, 2013) y Lights (El Dromedario Records, 2018), grabado bajo la producción de Gary Louris (The Jayhawks) en Carolina del Norte, junto a voces como la de Joana Serrat, la madrileña ha experimentado una potente metamorfosis tras la que ha dejado aflorar su vena más rockera. Un giro artístico motivado por el fuerte choque que en 2018 tuvo lugar entre su vida personal — “pasé por una ruptura muy complicada”— y su carrera, que se encontraba en un “muy buen momento, acompañando a Loquillo de gira, tocando y aprendiendo mucho”. Aquella paradoja emocional llevó a la artista a querer desnudarse, “decir aquí estoy yo”. Crear el alter ego de Felina (a la que ha convertido en protagonista de un comic que se venderá en el merchandising de sus conciertos), a lo Bowie con Ziggy Stardust o con el Duque Blanco, ha permitido a Simons liberarse y dotar al álbum una atmósfera conceptual. Desde ‘Televisión’ a ‘La Despedida’, los nueve cortes abordan la figura de una rock star femenina: “es una mujer que cuenta las cosas sin tapujos. Parece que sólo podemos ser groupies. También sufrimos el paternalismo. En el rock no hay un punto de vista femenino”, señala tajante. Un personaje que cobró vida tras “¡ver señales por todos lados!: el Simons de mi nombre artístico proviene de un comic en el que el protagonista era un gato; el último capítulo de Breaking Bad, serie que estábamos viendo mi chico y yo en esa época y que es nuestra favorita, se llamaba así; también vi el cartel de la película Mujer Pantera (Cat People en inglés) que interpretaba la actriz Simone Simon un día por la calle”, cuenta con emoción en la mirada.

Aunque la artista había coqueteado con el castellano al versionar ‘Piedras y Flores’ de Quique González —“me felicitó por la versión y me ha animado mucho a componer en castellano”— o  ‘The Way It Is’ (‘Segunda Piel’), tema que compuso para Lights, Felina es el primer álbum que compone íntegramente en su lengua materna. Un cambio necesario con el que admite “haber encontrado mi modo de comunicación. Me permite ser más directa, me sale todo más visceral y agresivo”. El idioma le ha permitido afilar las uñas con letras que abordan desde el deseo sexual en ‘Déjalo Ser’, hasta la crítica a la industria en ‘Finale’: “intentan moldearte y que seas alguien que no eres”, señala con tristeza. La tenebrosa ‘Ley Animal’ es su particular manera de exorcizar los posos que quedaron de una relación en la que sufrió maltrato psicológico: “Ese tipo de relaciones te pilla muy niña, te ven con ilusión… Nikki Lane, a la que admiro tanto, también pasó por lo mismo; uno de sus novios le dijo que no iba a llegar a nada. Ahora él es camarero y ella una de las mujeres con más éxito en la Americana. ¿Por qué no iba a contarlo yo? Quizás ayudas a otras mujeres que están en la misma situación”.

“Felina es una peineta para todos los que me dijeron no puedes

Otra de esas amargas experiencias personales, su época de au pair en Inglaterra, se refleja en ‘Londres’: “trabajaba para una familia judía que me trataba fatal. Me encerraba en el baño y me ponía a escribir, me refugiaba en la música”. Dicha composición es la canción en la que más se aprecia la mano de Edu Baos (León Benavente), productor del disco. Aunque la idea inicial era repetir con Gary Louris —“era un momento muy complicado, estaba en plena gira con los Jayhawks”—, Baos y Simons han sabido aproximar “dos mundos antagónicos” como el country folk y el synth pop: “buscaba un sonido casi propio; no quería un rollo pop, pero tampoco americana. León Benavente hacen rock, pero que se lo llevan a algo muy personal”, explica.

Felina se aleja de la luminosidad acústica de su predecesor para sumergirse en la nocturnidad del glam rock con tintes noventeros. Como un affaire entre el Bowie de los setenta y PJ Harvey. El tándem Simons-Baos ha funcionado mediante “pequeños pactos”, cuenta Nat entre risas. Su querencia por el rock norteamericano se mantiene viva en ‘Extraña Religión’, que remite inevitablemente al ‘Learning To Fly’ de Tom Petty, o ‘Macabro Plan’, donde demuestra la amplitud del registro vocal que ha alcanzado, atreviéndose con el falsete: “Antes cantaba bajito a lo Dylan porque no me consideraba cantante, sólo escritora de canciones.  Ahora sí me lo considero”, pronuncia con satisfacción.  La rabia acumulada aflora en las guitarras desbocadas de ‘Big Bang’, que entona junto a Anni B. Sweet, o en el sonido pegajoso de ‘Finale’, pieza que destila purpurina glam y que ha contado con la colaboración de Igor Paskual. A pesar de ser uno de los últimos temas del álbum, fue el que le dio la clave del concepto del mismo: “lo compuse a raíz de leer El Lobo Estepario, que me marcó enormemente”.

Sin gira por salas de momento debido al colapso de las mismas, Nat se muestra preocupada por la situación en la que muchos de los músicos se han visto sumidos en los últimos dos años. La pandemia, como a muchos compañeros, le pilló despegando en su carrera: “Los que empiezan no tienen nada que perder; los de arriba se van a hacer más grandes porque se les requiere y los festivales, por ejemplo, no se la quieren jugar, pero los que estamos en medio… El problema es que en España se sigue sin ver a la música como una profesión y entre nosotros tampoco nos unimos. Un Bisbal o una Rosalía no van a hacer nada al respecto”, señala con tristeza. Precisamente, la artista realizó recientemente un vídeo de apoyo a las salas tan maltratadas este tiempo: “me daba rabia que nadie hiciera nada, así que puse mi pequeño grano de arena. Sin salas no hay escena musical”, remata con indignación.

Simons mira al futuro con las ideas claras —“quiero seguir con el castellano y el rock, pero puede que prestando más atención a las voces y con un punto Beatle, más pop”— por mucho que la posibilidad de trabajar junto a Ryan Adams, con quien estableció contacto a través de las redes sociales durante el confinamiento, acabe por cumplirse: “Me dijo que le gustaba mucho lo que hacía y que le gustaría trabajar conmigo en el futuro”. Aunque la compositora confía en que las acusaciones contra el músico por acoso sexual sean falsas, reconoce que si se demostrara su culpabilidad sería una gran decepción: “me moriría, para mí Ryan Adams es uno de los artistas que más me ha ayudado. Conmigo ha sido muy cariñoso y muy respetuoso”, aclara.

Fuerte, independiente y salvaje en su nueva piel, Nat Simons sonríe orgullosa. Nadie le ha regalado nada: “Tampoco necesito a nadie: me pagué mi primer disco trabajando en una juguetería, me fui a Estados Unidos yo sola, así que nadie venga a decirme lo que tengo que hacer. Eso es Felina, una “peineta a lo Johnny Cash” para todos los que le dijeron “no puedes”.