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Maika Makovski

Maika Makovski: “Relaciono la música con la supervivencia”

Charlamos con la polifacética artista en un nuevo ‘No He Venido a Hablar de mi Disco’

 

MARÍA F. CANET

La voz de Maika Makovski (Palma de Mallorca, 1983) saluda dulce y cálida al otro lado del teléfono. Sin embargo, se impone sin problema al tumulto del vagón de tren y a los ruidos callejeros —manifestación incluida— que emergen a lo largo de hora y media de entrevista. Se tarda poco en percibir que la artista habla con el corazón (y desde las tripas) sobre los diferentes temas que surgen en la conversación. La mallorquina es todo pasión, un cerebro renacentista en permanente ebullición. Desde la música al teatro, pasando por la pintura o por su faceta como presentadora de La Hora Musa (La 2 TVE), Makovski sacia su ecléctica curiosidad con tanta fuerza como delicadeza, sacando brillo a todo lo que toca. Charlamos sobre música, pintura, folclore, televisión o la situación de la industria musical con esta malabarista de las Bellas Artes que en la actualidad anda inmersa en la gira de presentación de MKMK (BMG, 2021), su último trabajo discográfico tras cinco años de silencio.

 

¿Cuáles son tus primeros recuerdos musicales?

Tienen que ver con algo tan esencial para la vida humana como el comer; no comía si no me ponían los discos de mi padre, me negaba a abrir la boca. Relaciono la música con la supervivencia. Me acuerdo de ver tocar a mi padre, de los instrumentos en casa, de aprender a poner cedés desde muy pequeña… La música siempre ha estado presente en mi casa.

¿Recuerdas qué artistas sonaban en casa durante tu infancia?

Sobre todo recuerdo la música que ponía mi madre en el coche: Los Panchos y a los Bee Gees, los adoro gracias a ella. También oía a mi padre tocar; toca muchos instrumentos, pero él es de base trompetista, y un trompetista tiene que ensayar cada día para no oxidarse.

Tus orígenes son andaluces por parte materna y balcánicos por la paterna. ¿Qué relación tienes con el folclore de ambas culturas?

Es muy importante, pero más bien a nivel intelectual, porque mi padre no ponía música balcánica, ni mi madre música andaluza. La que sí pedía que le pusiéramos discos, porque ella no sabía, era mi abuela materna. Más bien la oía cantar en la cocina, moviéndose por la casa, sobre todo copla; ella no escuchaba cante jondo o flamenco puro. Le gustaban las sevillanas, la copla, lo que escuchaba en el pueblo.

Sueles destacar la música clásica como una de tus grandes influencias. Sin ir más lejos, has mencionado que ‘Reaching Out To You’, uno de los temas de tu último disco, se basa en una obra del compositor soviético Aram Khachaturian.

Tengo muy metida en mi ADN la música clásica. Desde pequeña estudié piano clásico, me gustaba mucho. Uno de los autores de los que toqué alguna obra fue Khachaturian, concretamente La Danza del Sable. Escribiendo ‘Reaching Out To You’, cuando estaba componiendo el puente, dije, “esto me recuerda a algo…”, y era a esa pieza, no porque la hubiera escuchado recientemente, sino porque lo tengo metido muy dentro y salió por ahí.

¿Qué artista dirías que te ha marcado especialmente?

Diría que Prince. Escuché ‘My Name Is Prince’ cuando tenía 9 años, un tema con una producción muy fuerte. Prince me llegó a una edad en la que no tenía prejuicios. Gracias a que tenía una mente súper abierta yo pude entrar en su música, si hubiera llegado hoy no hubiera sido lo mismo. Creo que fue el primer artista que me volvió loca y hasta hoy.

Tu último trabajo, MKMK, es ecléctico, pero esencialmente rockero. Hay ecos a los Stooges, Patti Smith, PJ Harvey… ¿Cómo llegó el rock and roll a tu vida?

El rock me llegó por cosas que iba cazando al vuelo, nadie me introdujo en él. Recuerdo escuchar el ‘Perfect Day’ de Lou Reed en un disco de versiones de varios artistas de los noventa, un rollo más radiofórmula. Fui a la tienda de discos buscando ese disco y salí de ella con el Transformer “por error”; ¡fíjate qué suerte tuve! (risas).

Digamos que fuiste autodidacta.

Cuando estás creciendo en los 90, una época en la que todavía no había internet tal y como lo usamos hoy, buscas cualquier clavo ardiendo al que te puedas agarrar. Existía la Super Pop, la Rockdeluxe, pero poco más. En la radio ponían música que no me interesaba nada. Quizás en Barcelona o Madrid podías encontrar más cosas, pero en Palma de Mallorca con 13 años te comías los mocos. Recuerdo escuchar ‘Hey Joe’ y decir “¿qué es eso?, Eso es bueno”. Iba identificando cosas que me llamaban la atención y tenía la suerte de tener buena oreja. También tenía una buena amiga por correspondencia que me hizo de dealer musical; a esas edades si no tienes gente que te guíe…

Estamos hablando de rock, pero realmente tus influencias son muy dispares. En tus anteriores trabajos se perciben ecos a Joni Mitchell, Carole King, Norah Jones; hay folk, jazz…

¡Tengo tantas que es un puré increíble! (risas). Para mí no tiene ningún sentido hablar en términos de estilo. Desconfío de la gente que dice “no me gusta el pop”, o el rock, o lo que sea. Si tienes oídos que están conectados a un corazón encontrarás a personas que te toquen en todos los campos. Para este disco igual han aflorado más las influencias de finales de los 70: el punk, el disco, el glam, el rock clásico que seguía estando, el hard rock, la new wave, ¡quién pudiera haber estado allí!

Muchas veces, erróneamente, se asocia el cambiar de estilo al cambiar de personalidad, pero realmente estás mostrando otra parte de ti misma, ¿no?

Exacto. Al final utilizo la música como un medio de expresión y cuando te sientes alegre no te expresas igual que cuando estás triste. Dentro de la alegría están la euforia, la serenidad… Hay tantas emociones que tienen su traducción y, además, en cada uno de nosotros es diferente, ¿por qué me voy a quedar en un estilo cuando tengo tantas cosas que contar? ¿Por qué encorsetarme?

El mundo circense y el cabaret están muy presentes en canciones como ‘I Live In a Boat’, ‘Scared Of Dirt’ o ‘Tonight’, especialmente a través de los teclados, recuerda a bandas como los Doors.

Los veo más Tom Waits. Son temas que son muy troncales en el disco. Se me venía a la mente la imagen de una especie de barco vikingo o la de una taberna, esa cosa tambaleante y contundente y, por supuesto, muy popular.

En ‘I Live In A Boat’ hablas de una forma de vida nómada, podría decirse que incluso pirata. Acostumbrada a viajar desde pequeña y a cambiar habitualmente de residencia, ¿crees haber encontrado un sitio al que anclarte al menos durante un tiempo?

El sitio de mi estabilidad por ahora es Mallorca, es donde más en casa me siento. Llevo un año viviendo allí y me ha dado una sensación de hogar que hacía mucho tiempo que no sentía.

En cuanto a los viajes que has hecho, ¿hay alguno que te haya marcado especialmente?

Muchos, pero ir a Macedonia me cambió la vida. Ya tenía 30 años y era plenamente consciente; no solamente viajas y conoces algo nuevo, sino que conoces algo nuevo de ti que no creías ni que existía. Llené muchos vacíos: con mi familia, con la cultura que conocía vagamente, con cómo me acogieron, cómo es el país de carácter…

Tiene que notarse la diferencia respecto a la cultura española.

Hay muchos puntos en común con España, es como si te fueras a la Andalucía de hace 40 años: te invitan a tomar café en sus casas, por ser pariente de un vecino te hacen un regalo, hay alegría en la calle, mucha música, mucha mezcla de influencias con ortodoxos, musulmanes, gitanos…

Tucson (Arizona), ciudad en la que grabaste tu último disco, también es una zona de cruce de culturas. ¿Te influyeron de alguna manera la cultura o la música local?

No me pude empapar demasiado de la cultura porque estaba en el estudio todo el día, pero sí de la ciudad. Tucson tiene esa mezcla de influencias, por un lado México, por otro Estados Unidos. Respecto a la música, es un género (la Americana) que tenía muy escuchado y acabé de ponerle la guinda, sobre todo gracias a trabajar con Howe Gelb de Giant Sand, un bandón que tiene el desierto incrustado en su sonido.

Volviendo a los temas que abordas en tus composiciones, cortes como ‘The Posse’ o ‘Scared Of Dirt’ son críticos con la industria musical y con la sociedad en general.

Manifiestan una pequeña frustración que tengo con respecto a los códigos. Ayer, volviendo del concierto, hablábamos de que en España el rock se pone de moda y de repente deja de estarlo porque no es el folclore de aquí porque no hay cimientos. Yo sí siento esos cimientos como míos porque he crecido con ellos, he conectado con personas a través de ellos, y mis códigos vienen de ahí. A veces son desgarrados, plantean algo rudo que aquí en ocasiones no se entiende, e incluso molestan. ¿Cómo puede ser que a día de hoy moleste una guitarra eléctrica? También me preocupa que se siga valorando a las mujeres ante todo por su físico de la manera más tradicional y  aburrida. Hay tantas cosas antes que ser guapa…

Sigue habiendo muchos tabús vinculados a la mujer, uno de ellos es la sexualidad. Precisamente, en ‘Where Are You’, una canción sugerente a lo Blondie, hablas sin pudor del deseo sexual. Sigue sin ser habitual encontrar composiciones de mujeres que aborden este tema. 

He crecido con la música de Prince y es un hombre muy explícito en sus letras. ¿Por qué voy a expresar todas las cosas de mi vida y esa no?  La sexualidad en la vida de todos es una de las cosas más fuertes que hay, casi que hemos nacido para reproducirnos (risas) y eso tiene que ser fuerte. Luego está el otro lado, cuando se vuelve full marketing y no te crees lo que te están contando.

Hablemos de The Mani-Las, un proyecto muy punk de espíritu que armaste junto a Mariana Pérez y Olaia Bloom y que, aunque pueda recordar a The Exciters, The Runaways o Fanny, nació sin pretensión de ser una “banda de chicas”, un concepto que ya va siendo hora de dinamitar, ¿no?

Exacto, surgió de forma natural. El Instituto Cervantes me pidió ir a tocar a Manila y me fui con Olaia porque no quería ir sola y todos los músicos con los que había tocado, que eran todo tíos, no podían. Fue un poco locura porque no habíamos tocado nunca juntas. Al volver queríamos grabar una versión del ‘He’s Got The Power’ de The Exciters y Olaia llamó a Mariana, que estaba tocando con ella en un grupo. En ese momento no teníamos pensado montar una banda ni nada, cuando salió el vídeo y lo medio petó en redes seguimos, porque vimos que era algo muy chulo. Ahí empezamos a decir que no a managers, discográficas… (risas). Fue tan liberador, tan divertido y tan de verdad. Nuestro lema era “el plan es que no hay plan”. De hecho el proyecto ni siquiera ha acabado.

La puesta en escena que planteas en tus directos es un espectáculo: todos sois multinstrumentistas, os vais rotando los instrumentos, os presentáis en línea, el repertorio es muy cañero… Vuestra propuesta realmente invita al contacto, a saltar, moverse, sudar… Justamente lo que en teoría aún no podemos hacer.

Presentando este disco me he dado cuenta de que la gente necesita un revulsivo; ahora muchos artistas están haciendo discos más tranquilos, acordes al contexto, porque saben que van a tener que tocarlo dentro de una audiencia sentada. Pero a pesar de esa especie de celda que son las sillas y mascarillas nos llega una energía brutal.

En varias ocasiones has comentado que acabaste un tanto saturada de los festivales. ¿Han cambiado tus sensaciones al respecto a raíz de la pandemia?

Han cambiado porque pude hacer la gira anterior en teatros. Enlacé 3 discos seguidos y, previo a la pandemia, tocábamos mínimo viernes y sábados. A veces tocas en Vigo y al día siguiente en Murcia, y es muy duro. Igual llegabas a Murcia y sentías que no ha merecido la pena porque, en el festival, la gente estaba más a la fiesta que a escuchar música. Piensas “¿de qué va esto?”, es un festival de música pero, ¿qué es la música en este festival? No es solamente el concierto, también la prueba de sonido. A veces hay promotores maravillosos que te dan todas las facilidades y otras no. Los festivales tenían más las de quitarte que las de darte, y eso en un momento en el que estaba agotada no podía permitírmelo. ¡Ahora tengo ganas de darlo todo!

Tocas el piano, la guitarra, y en esta gira te estamos viendo tocar la batería. ¿Cómo es tu relación con estos instrumentos? ¿Qué te aporta cada uno?

Cada instrumento me da algo diferente. Al piano  me costó llegar de manera creativa, porque lo clásico es todo lo contrario a la creatividad, pero te enseña a obedecer y a ejecutar. Yo nunca he sido disciplinada y perfeccionista en estas cosas, siempre he buscado algo orgánico, la expresión. Cuando por fin llegué al piano de manera creativa fue una explosión porque ya tenía la técnica, cosa que no me sucedió con la guitarra, porque soy autodidáctica, tengo sello pero por limitación (risas). Hay épocas en las que la guitarra me da mucho, le encuentro jugo, y otras en las que me encuentro limitada, es una relación a veces ligera y otras pesada. La batería es un instrumento que no toco en realidad, la habré tocado 10 veces en mi vida, pero me divierte tanto y lo disfruto tanto…  Además, es un instrumento que me intriga, que es algo que me pone mucho musicalmente. Cuando tenga una casa me compraré una batería y la pondré en el salón. Tengo el presentimiento de que nos vamos a llevar bien.

¿Qué músicos dirías que son tus referentes con cada uno de estos instrumentos?

El batería que más me gusta es Greg Saunier de Deerhoof, me alegra el corazón verle tocar. Lo primero en lo que me fijo siempre es en el batería. Como guitarrista, diría Xarim Aresté, me gusta por encima de todas las cosas, me emociona, es visceral… Por supuesto Neil Young, como cantante creo que también es mi favorito junto a Bowie. A los teclados Monk, me impresiona fuertemente.

Eres una artista multidisciplinar, así que hablemos de tus otras facetas. Participaste en la obra de teatro Desaparecer, dirigida por Calixto Bieito junto a Juan Echanove.

He tenido mucha suerte con estas cosas porque jamás las busqué. El teatro llegó en un momento mágico: estaba en una formación de rock donde no tenían cabida ciertas cosas, o al menos yo no sabía cómo hacerlo, cómo meter un piano en esa banda, y, de repente, me llega la posibilidad de hacer Desaparecer. Querían que hiciera versiones de canciones de Lou Reed, pero quise hacerlas yo misma. Aquello me dio la oportunidad de reencontrarme con el piano, de ser creativa con el instrumento por primera vez, y de no estar en primera línea de fuego, de trabajar con los textos de otros, con un director, con una escenógrafa y no estar tan sola como normalmente estoy en mi proceso, de trabajar con un equipo y enriquecerme.

También pintas. ¿Qué te aporta la pintura que no te da la música?

Con la pintura tengo etapas porque requiere mucho tiempo. Cuando no soy capaz de expresarme con la música, lo hago mejor con la pintura, y esto ha ocurrido varias veces. Tengo que profundizar en esto, pero seguro que hay alguna explicación. Tengo rachas, en el confinamiento estuve pintando todos los días y era la razón por la que me levantaba y me vestía con ilusión. La verdad es que la música no me motivó tanto, me abstuve y cuando me metía en redes me empachó lo que había, era demasiado y preferí el recogimiento. La pintura es quizás más introspectiva, escribir canciones también, pero tocarlas no. Me da mucha estabilidad, pero me pone la cabeza a mil, porque cada mezcla de color, cada línea es una decisión, y puede llegar a ser muy neurótico. A veces tienes que parar un momento, respirar, mirarte por dentro y decir “venga, sin miedo” y soltar el trazo.

Otra de tus facetas ha sido la de presentadora en La Hora Musa, ¿supuso un reto para ti?

Me impuso muchísimo, no te puedes ni imaginar. Soy una persona tímida, pero tengo la gran suerte de haberme dedicado a la música, eso lo pienso muchísimo. La música me ha expuesto tanto que por narices he tenido que superar una timidez que era bastante extrema. Si no hubiera sido por la música mi vida hubiera sido más pequeña. Cuando me llegó la propuesta me impuso porque no soy ni presentadora ni periodista, pero, por otro lado, vi que llegaba en un momento coherente por las cosas que había hecho antes: justo venía de hacer una sección en la radio, había estado mucho tiempo de gira con un show acústico, y había pasado mucho tiempo hablando con la gente, dedicándolo a quitarme corazas de encima y ver que podía ser quien soy y que no pasa nada. Eso en la televisión también se nota mucho y me dio esa confianza, me sentí capacitada porque al final estaba hablando de música con compañeros de profesión.

¿Qué actuaciones te impactaron más?

Varias, para mí los Waterboys fueron alucinantes porque no se cortaron las canciones, la energía era de concierto y fue muy guay. Franz Ferdinand también fue muy potente porque de repente nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo. Texas era una banda a la que no tenía en cuenta, me parecían un poco blanditos y me sorprendió, me pareció una bandaza. Esas cosas me pasaron mucho, intento quitarme los prejuicios, no creo que en los guilty pleasures, los placeres son placeres, no culpables, pero siempre queda algo.

¿Habrá una tercera temporada del programa?

Si vuelven las giras internacionales sí, porque a la 2 no le interesa cambiar el formato. Lo que espero es que, si no vuelve haber giras internacionales, la 2 siga con ese lema de “La 2 es música”, sobre todo para las bandas nacionales que lo están pasando tan mal, aunque no sea La Hora Musa y aunque no esté yo.

Hablemos de la situación que atraviesa el sector musical durante la pandemia. Las salas están siendo unas de las grandes damnificadas y el circuito peligra. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Sin salas no hay escena. En mi opinión, ahí está el foco de atención primario. En las salas se crea una escena sana. Si las bandas ven que el único sitio donde van a poder tocar son festivales, surgen muchas bandas calco y que suenan un poco igual: bombo-negras, sintes a muerte para poder competir con la banda que ha ido antes y la de después, tempo arriba, estribillos coreables… Lo que hace la sala es que la gente va a verte a ti por lo que eres y estás cerca de lo que está pasando, no lo ves a través de la pantalla. Para mí las salas fomentan la riqueza de una escena.

El otro día, en el concierto del Tomavistas, Víctor Cabezuelo de Rufus T. Firefly hablaba de la “lucha contra la inmediatez constante”. Ellos han optado por presentar en directo su disco antes de publicarlo; tú por no lanzar al mercado MKMK con plásticos, a pesar de que no se venda en grandes superficies. Aunque cueste, se están promoviendo pequeños cambios.

Es demoledor cómo funciona la máquina del capitalismo, puedes mantenerte al margen e intentar atraer a una minoría, pero sabiendo eso, que es un movimiento contracultural, que para mí es imprescindible, pero hay que unirse mucho para que esto llegue a algún lado. Con este disco he intentado hacer cosas coherentes con mi manera de pensar. No pasé por el aro y estoy contenta, aunque me han dicho que en El Corte Inglés le han añadido un plástico, lo que me hace deciros que, por favor no lo compréis allí, que vayáis a las tiendas pequeñitas de discos, que también les beneficia a ellos aunque yo no sea número 1 en ventas como Alejandro Sanz. Es gente que ha ido encadenando crisis tras crisis y hay que apoyarles.

¿Qué va a ocurrir con ese segundo disco que grabaste en Arizona?

De momento se queda ahí, está casi acabado. Tengo que ver cómo sacar las canciones porque ya he escrito otro disco. Se va a quedar como caras b a este paso.

¿Qué nos puedes adelantar de ese nuevo trabajo?

Está basado en diarios, lo escribí en poco más de una semana. No sé muy bien cómo plantearme la grabación de las canciones; quizás ya están grabadas, al ser diarios, igual tienen que ser maquetas.

¿Será entonces un álbum más íntimo?

Como es un diario hay muchas emociones y será variado. Se pasan por muchos estados a lo largo de los diferentes días, momentos o incluso horas.

¿Qué estás escuchando últimamente?

Este verano estuve en Croacia, fui a una tienda de discos, pensaba ir a más, pero me secuestraron ahí, me empezaron a poner discos y me quedé horas (risas). Yo estaba interesada en rock de los setenta en serbocroata y he descubierto muchas bandas que molan mogollón pero tienes que tener la cabeza muy abierta. Hay unos serbios que se llaman YU Grupa, tienen un disco del 77 que es hard rock brutal. Otro grupo, bastante más friki, Nervozni Poštar, es una banda de rock, pero por encima hay un cantante de bodas balcánico. Son muy divertidos, ¡flipo con ellos!

¿Y a nivel nacional?

Johnny B. Zero que para mí son una explosión de creatividad. Lo que hablábamos antes de bandas clon, ellos son la antítesis, pura personalidad, les admiro un montón. Los Zigarros me encantan, toqué con ellos en mayo y recuerdo pensar “quien no disfrute de este bolo no puede follar bien” (risas). ¡Quien no disfrute del buen rock and roll no sabe follar!