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María de la Flor, canciones tejidas desde la emoción

La artista presentaba hace unos meses Hilanderas, su primer elepé

 

JORGE OCAÑA

La mirada de María de la Flor es profunda. Amable y risueña, pero profunda. Se percibe en ella una intención de transmitir, de contagiar la pasión que siente hacia lo que está contando. Convierte así una conversación en una búsqueda sosegada, sin prisas y relajada, de lo verdadero, de lo que se cuenta desde dentro en la música y en cualquier otro contexto. “Para mí lo importante es que cada uno encuentre qué es lo que le está emocionando, lo que le está moviendo”, cuenta al reflexionar sobre los diversos estilos y arreglos musicales, aunque parece hablar de algo más. Su primer larga duración, Hilanderas (Autoeditado, 2022) está tejido minuciosamente entre un cuarteto de cuerda que envuelve un escurridizo tesoro: pasión, emoción y mucho trabajo.

Destaca el mensaje por encima de todo. Sin miedos ni tabús al recibir obras que poco tienen que ver con la suya, con producciones potentes, procesadas, voces con reverb o autotune, no rechaza ningún camino que ayude al desarrollo de un discurso o diálogo: “Probemos, claro que sí”, afirma María de la Flor, convencida. Sin embargo, su realidad actualmente prescinde de todos estos elementos: “El instrumento que a mí más me emociona es la voz, tal como yo la conozco; cerca, de frente, cruda, cantada al oído”, y así está construido su disco. Nueve canciones de autor arregladas en su totalidad para cuarteto de cuerda, con su voz como protagonista y renunciando a guitarras y teclados, ofreciendo un nuevo punto de vista al que acostumbran las canciones de este corte.

“El instrumento que a mí más me emociona es la voz, tal como yo la conozco; cerca, de frente, cruda, cantada al oído”

Su formación como violinista, la música clásica que se ha consumido siempre en su casa y su inquietud por la naturalidad en la música han provocado que sus canciones evoquen melodías y ritmos de la música popular y del folclore español. “Para mí no hay una intencionalidad de hacer algo adscrito a esta terminología, pero entiendo que los melismas de mi voz y esa prosodia de mis letras recuerden a la música más tradicional”, explica mientras matiza, con mucho acierto, que su música no es folclore aunque recuerde a ello: “Hago canciones nuevas, con mis experiencias, mi manera de escribir y mi lírica”.

Su proyecto combina esta vertiente tradicional con piezas tan modernas como ‘El día de hoy’, con una letra escrita a corazón abierto, directa y sin rodeos como un tiro al pecho. Quemaste mi hogar, mi casa, mi lugar, conmigo dentro, canta en la que define como “una canción rara, que escribí en un momento raro; estaba tan sentida que no sabía cómo contarla”. “En mi cabeza es super larga. Me cuesta mucho cantarla, porque para mí pasan como 8 minutos y en realidad no llega ni a los 3”.

De esta historia personal que salió como un ejercicio terapéutico se puede tirar de un hilo que llega hasta ‘Collarcico de oro’, un romance castellano que se cantaba hace cien años, incluido en su primer disco. El elemento conductor: la necesidad de contar historias para transmitir ideas a las que, a veces, los recursos estilísticos y la poética no son capaces de llegar. “Hace 100 años cantábamos que a las mujeres o a las niñas las raptaban y estamos hoy en día contando en los telediarios la misma mierda”, cuenta la artista de Carabanchel al recordar su concierto en Música del Segura, “en medio de una montaña perdida en Jaén”, en el que se le acercó una señora mayor, maestra, que había estado enseñando este romance toda la vida, solo que con una letra totalmente diferente. “Su historia era de una niña que se dejaba las botas en la fuente. Y flipé, porque da igual lo que sea, la historia era la misma y sigue siendo así, y por desgracia parece que seguirá no cambiará”.

Hilanderas es un disco con un planteamiento complejo en el que María de la Flor estira la versatilidad de las canciones hasta amoldarlas al formato que buscaba que, a la vez que atractivo, es muy demandante. Para ello, trabajó durante casi seis meses junto a Lorenzo Moya en los arreglos de cuerdas. Una labor monótona pero a la vez reconfortante en el que confiesa que tampoco sufrieron y que ella aprovechó como gran aprendizaje: “Lorenzo ha sido super generoso conmigo a la hora de prestarme su tiempo, su sensibilidad, su manera de hacer… Tras ese proceso en el que yo estuve cavilando las canciones, imaginándomelas, me empapé de la opinión de alguien muy sabio, con mucha profesionalidad y muchos años de experiencia”.

El resultado es un disco bello, con mucha naturaleza, una coherencia entre música y letra muy atractiva y unos cantos radiantes que, al escucharlos en directo, estremecen, remueven e inmovilizan. Al mismo tiempo, trasmite una sensación de ánimo y de transitar por la vida digiriendo lo que venga, y siempre levantar cabeza. “Cuando yo cuento una mierda que me ha pasado no es porque quiera dar pena, sino porque la mierda está ahí y existe, y la he pasado yo y la vas a pasar tú, y cuando estás fuera hay que decir ‘venga, ya está se pasó, y ahora vamos a vivir otra movida’, y otra movida no tiene por qué ser algo mejor, es un ‘me arriesgo a ver qué pasa ahora’”.

En la conexión que nace de transmitir una idea conviven María de la Flor y su música. Rasgo que, una vez más, comparte con la música popular. “A mí, me dices algo, aunque solo sea hablar, y si lo que me estás diciendo es verdadero, yo me quedo con ello, y yo se lo contaré a otra persona. Y habrá otros tipos de comunicación igual de valiosos, pero a mí éste me emociona. Me pone los pelos de punta”.