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Ángel Stanich, hits protesta

Polvo de Battiato es el nuevo álbum del cántabro, un hipnótico viaje cargado de ingenio y surrealismo

 

PALOMA HERNÁNDEZ MATELLANO

Un exoplaneta, o un desierto helador. Una selva lluviosa, un atardecer en la costa; un mundo soñado, inalcanzable. Un universo paralelo cuya puerta secreta son unos auriculares. Polvo de Battiato (Sony Music, 2021) es un viaje a través del magnético imaginario de Ángel Stanich: entre ritmos tropicales y percusiones folk se abre paso la enigmática mente del cántabro, quedando a la luz una bomba de ingenio y excentricidad.

Stanich nunca ha sido artista de entrevistas ni redes sociales. No se ha dejado conocer más allá de su música, pero tampoco ha hecho falta. Su tercer álbum es, de nuevo, un retrato transparente de la más pura esencia stanichiana. Los diez relatos autobiográficos que componen Polvo de Battiato dejan al descubierto la intrahistoria más profunda del cantautor. Desde las aventuras como campista que cuenta en ‘Dos Boy Scouts De Mierda’ hasta la descripción que hace de sí mismo en ‘Nazario’ (“Quieren que sea beato, templario, leísta“), el disco es una nítida manifestación musical de quién es y en qué cree Ángel Stanich.

“El disco es una nítida manifestación musical de quién es y en qué cree Ángel Stanich”

El viaje en el que sumerge Polvo de Battiato es tan narrativo como sonoro. Las canciones, con un electrizante componente de folk tradicional, bien podrían pasar por cantares de juglaría adaptados al siglo veintiuno. Raíces de americana casan a la perfección con teclados electrónicos y toda clase de percusiones, sin dejar de lado los riffs de guitarra que actúan como hilo conductor de todo el álbum. Stanich se atreve también con sonidos tropicales, especialmente notables en la primera y última canción, abriendo y cerrando así el ciclo de sugerentes evocaciones que protagonizan este disco.

Pero en ese universo paralelo con aires tropicales también hay cabida para tener los pies en el suelo. Pese a ser conocido como el ‘ermitaño del rock’, Stanich sabe mucho del mundo en el que vive, y lo idílico de su paraíso sonoro contrasta con el esperpéntico planeta que dibujan sus letras. ‘La Valla’ es un manifiesto ecologista que canta a Greta Thunberg, a los chascarrillos de Almeida sobre el aire de Madrid y a los mares de plástico: “Ojalá el bosque no pueda impedir que veas el árbol, la casa que falta, el claro en el monte, el valle de lágrimas, la valla metálica”.  Y en ‘Motel Consuelo’ invita a Nina de Juan (Morgan) para hacer un alegato feminista que grita contra los prejuicios machistas y los hombres “neandertales”. “No es difícil ser mujer en truck, no más de lo que es en cualquier campo”, sentencian. La Bruja Avería, Eduard Punset, Pilar Miró y las tropas de Milans del Bosch son algunas de las figuras que protagonizan el surrealista universo de Polvo de Battiato. Es el original sello con el que Ángel Stanich firma siempre cada uno de sus versos: un humor sarcástico y punzante que hace un guiño a una sociedad a la que cada vez cuesta más encontrarle el sentido. Una crítica social edulcorada a base de delirantes absurdos e ingeniosos juegos de palabras, a base de “argonautas”, “coñonetas” y “pantocrators” que son la chispa de la brillantez humana.

Letras reivindicativas, una sonoridad hipnótica y el humor más lúcido hacen de este álbum un cañón de pólvora listo para dinamitar. El magnetismo stanichiano convierte este homenaje a Franco Battiato y al polvo de batata de su abuela en un viaje por lo más absurdo del planeta. Un himno del surrealismo más ilógico y, a la vez, más verídico. Como él lo definiría: “Un híbrido: canción protesta medio hit”.