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The War On Drugs o la importancia de elegir bien a tus ídolos

La banda de philadelphia regresan con I Don’t Live Here Anymore para veneran a Petty, Young o Springsteen sin perder su seña de identidad

 

JAVIER FERNÁNDEZ ANDRÉS

A menudo, la carrera de un artista hacia el estrellato se centra en la lucha, nada sencilla, por encontrar un sonido propio, una seña de identidad que le haga reconocible ante el oyente con pocos segundos de escucha. Si bien todo el que empieza a trastear un instrumento lo hace empeñado en imitar a sus ídolos, en suplantar por un instante su identidad para saborear qué significa tocar los primeros acordes de Dancing in the Dark o The River frente a un público entregado, el virtuosismo en la imitación no sirve para ganarse la vida en el mundo de la música. El gran público no quiere impostores, demanda creatividad; para escuchar un sucedáneo, uno ya tiene a sus ídolos, que lo hicieron antes y mejor.

Adam Granduciel parece empeñado en recorrer el camino opuesto. La ascendente carrera de The War On Drugs nunca ha escondido una querencia notable por grandes figuras del cancionero americano moderno como Dylan o Springsteen, identificable pero disimulada bajo esas nebulosas conformadas por infinitas texturas de guitarras que transportaban al shoegaze de principios de los 90 o al krautrock de finales de los 60.

Unos sonidos, estos últimos, que cada vez han ido dejando más de lado para dar cabida a la veneración de sus ídolos, que nunca antes habían estado tan presentes como en I Don’t Live Here Anymore, su nuevo trabajo, que llega cuatro años más tarde que el laureado A Deeper Understanding y que en ningún momento se esfuerza por esconder los guiños al heartland rock que vivió su máximo apogeo en la década de los 80.

En I Don’t Live Here Anymore, The War On Drugs rebajan las densas atmósferas que envolvían sus álbumes anteriores para ofrecer un conjunto de canciones más accesibles y melódicas, que arropan cálidamente al oyente en vez de impelerlo a una huida desenfrenada a lomos de una locomotora en marcha, como sucedía en Lost in the Dream, el álbum con el que dieron el gran salto, y que estaba aún muy presente en A Deeper Understanding, galardonado con el Grammy al mejor disco de rock de 2017.

 

 

Un nuevo camino

Levantar el telón con un tema pausado y reflexivo como Living Proof, con tintes folk, es toda una declaración de intenciones que parece abrir las puertas a un mundo nuevo; un tema que, a la postre, no deja de ser también el primer sencillo del disco. Sin embargo, Living Proof es una gema aislada que reluce pero juega al despiste en un disco que pronto vuelve a terreno conocido con Harmonia’s Dream, donde la base rítmica y su carga épica rememoran hazañas anteriores.

La alternancia entre canciones aceleradas, como Wasted o Victim, con medios tiempos, caso de I Don’t Wanna Wait u Old Skin, será una constante a lo largo del disco, si bien, a diferencia de los dos temas que lo abren, estas se sumergirán ya completamente en una oda al rock obrero americano de los 80. Los otros dos sencillos son buena muestra de ello, desde Change, que podría firmar Tom Petty, hasta el tema que da nombre al disco y donde posiblemente Granduciel más se acerque a su venerado Springsteen, hasta el punto de que uno podría imaginarse al mismísimo Bruce sobre la azotea donde grabaron el videoclip. Los coros de Jess Wolfe y Holly Laessig, de la banda neoyorquina Lucius, ofrecen un contrapunto formidable a la voz de Granduciel en I Don’t Live Here Anymore, reafirmando el protagonismo de los estribillos en este último trabajo si lo comparamos con los anteriores.

Los más nostálgicos quizás, echando la vista atrás, extrañen un mayor protagonismo de los solos de guitarra de Granduciel entre esa bruma de largos paisajes atmosféricos tan meticulosamente confeccionados a base de texturas superpuestas de guitarras, teclados, sintetizadores y vientos. Se trata, sin duda, de un álbum menos dado a la experimentación, que viste un traje de corte más clásico, pero que gana en muchos otros aspectos y que ha sido, como es costumbre, producido cuidadosamente por Granduciel junto a Shawn Everett.

A cada nuevo álbum, The War On Drugs han ido ofreciendo una pequeña actualización de su sonido, un nuevo trazo de una línea establecida en su búsqueda por nuevos sonidos; unos sonidos que acerquen a Granduciel a los Petty, Young o Springsteen, y que nos retroceden cuarenta años atrás sin perder en ningún momento su seña de identidad y sonando todavía actuales. Su sonido lo encontraron hace tiempo, durante sus primeras fechorías junto a Kurt Vile en Filadelfia, y, con eso ganado, es más comprensible aspirar a imitar a tus ídolos. Al fin y al cabo, cuando uno escoge tan bien a los suyos, tiene más difícil equivocarse.