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Tú, que me esperas: Vida, sexo y muerte

“Una canción es un mapa en el que tienes más posibilidades de encontrarte a ti que al autor”

 

MARCOS GARCÍA SANTONJA

A los créditos de la película Els dies que vindran (Los días que vendrán) les acompaña la canción Tú que vienes a rondarme, de Maria Arnal y Marcel Bagés, mientras vemos durante varios minutos el plano final de la película, que no puede ser otro que al personaje de María Rodríguez Soto dando de mamar a su bebé, recién nacido. Una canción es un mapa en el que tienes más posibilidades de encontrarte a ti que de encontrar lo que el autor o autora ha querido dejar guardado, esperándote. Es imposible analizar una composición sin desprenderte de ti mismo; esto, lejos de una traba, es una suerte, porque de lo contrario cualquier creación cultural perdería toda su esencia. La primera vez que escuché Tú que vienes a rondarme fue en el cine, con esta película en pantalla, y es innegable que mi visión está condicionada a partir de este momento.

Creo que, entre otras cosas, estamos ante una letra que nos habla de la vida. No de la vida como concepto genérico sino de la creación de la vida misma, del momento exacto en que esta comienza. Y, menos mal que existe la música, menos mal que sabemos juntar palabras una al lado de la otra, y darles significado, porque de no ser así no sé si habría forma de contar esto. Existe la ciencia y también existe la fe, la religión, las creencias. Pero, de ninguna manera, podemos comparar una ecografía, un génesis ni ningún tipo de percepción divina con una canción, porque la música y la cultura son capaces de recrear lo que, precisamente, solamente existe porque se puede recrear. Sería muy interesante averiguar si, a veces, es la poesía la que inventa la realidad y supera con creces su capacidad de describirla.

Es posible que esta letra nos cuente la vida porque se aleja y vuelve todo el rato. Utiliza conceptos tan espaciales como los del principio: En la periferia brillante / de una galaxia mediana / en medio de un mar oscuro / donde flota nuestro mundo. Pero, al mismo tiempo, nos acaricia las entrañas y nos roza la piel: Tú que vienes a rondarme / Arrímate a mí / Tú que vienes a rondarme / Arrímate aquí. Describe un vaivén que narra la existencia y, claro, ese vaivén sólo puede ser el sexo. El vaivén que nos mece y gracias al que estamos todos aquí es el sexo y, si esta canción habla de la vida, es sólo gracias a que habla de sexo. Tú que vienes a rondarme es una canción para follar, vaya. No solamente gracias al ritmo, que también (es una canción para la cama, igual que lo es el Bolero de Ravel) sino porque cuenta un polvo en sí mismo y, los ejemplos, son varios: Magia negra entre tus manos / Mil caballos desbocados / Corren con el morro en llamas / El fuego baila y tú cantas / Lamen lunas desorbitadas / Las mareas mareadas / Así me sigues al trote / Y de cabeza al galope.

 

María Hesse, ilustra la canción ‘Tú que vienes a rondarme’

 

Cuando pensé en esta relación entre vida y sexo me sorprendí, pero es una sorpresa que aparece desde puritanismo ya que, para que exista la vida, para que aparezca un bebé y mame de la teta de su madre (o no) es necesario que antes sus padres echen un polvo, lo vemos en la película y no es necesario que lo veamos en ninguna película, sabemos cómo va y, también sabemos, que de lo que se habla aquí es de amor, de ternura y vida, y todo esto nace, por suerte, a través del sexo entre dos personas. Seguramente la canción se eleva cuando no se queda ahí, sino que nos traslada una forma de existencia más completa. No es otra cosa que la muerte.

Esta canción habla de vida, sexo y muerte porque nada puede ser tan grande si no representa totalmente nuestro ser. No es contradictorio hablar de vida y de muerte, y menos aún de sexo, porque solamente sobre esos pilares se puede construir un cuento sobre nosotros al que no le falte una pata: En los aposentos del universo / Estás tú que me esperas. ¿A quién se dirige la canción con ese ? ¿Al bebé que está por venir? ¿O a los que ya no están hoy aquí? Yo no tengo la respuesta a esa pregunta, y es probable que los compositores tampoco la tengan, ni siquiera puedo asegurar que se plantearan esta cuestión. Sin embargo, es innegable que la historia de la humanidad se ha basado en que al otro lado hay alguien que nos espera. Aquí no se habla de cielo ni de ninguna otra posibilidad divina. Se habla de universo, se mezcla lo puramente científico y empírico con lo más inmaterial que existe, con la vida tras la muerte o, al menos, con la posibilidad de creer en ello.

Este tema termina con “nuestro diminuto mundo”, recordándonos nuestra insignificancia por muy grandes que sean nuestro amor, un amor que para expresarlo tenemos que recurrir al universo. Por ello, creo que hablamos de la muerte porque no hay nada como el adiós para comprender esos dos factores: somos finitos, terriblemente biológicos y mortales, pero también tenemos una capacidad para amar que sobresale nuestro planeta, que se nos queda muy pequeña, tremendamente diminuta. Y, a pesar de todo, confiamos en que alguien nos espere en esos aposentos del universo. Cada uno elegimos ese , y el mío, se llama Paula.