CERVATANA: «Bailar con tus amigos al amanecer es de las experiencias más humanas que existen»
El proyecto paralelo de miembros de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba arranca en el Monkey Weekend la gira de festivales
NONE GOMARIZ
Un planeta arrasado, una humanidad extinta y una inteligencia artificial con un cuerpo de carne y hueso en busca de recuperar unas emociones que le fueron arrebatadas. No es el argumento de un clásico del cine de ciencia ficción y tampoco una escena de un mundo real cada vez más distópico, sino el punto de partida de CERVATANA (Oso Polita, 2026), el primer álbum homónimo del supergrupo formado por Miguelito García (Derby Motoreta’s Burrito Kachimba), Fran el Punky (Kelia, PuertoHurraco) y Jose Ugía (Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, Kelia). En plena gira de Bolsa amarilla y piedra potente (Universal / Primavera Labels, 2024), sumidos en una “actividad frenética” durante más de cien conciertos y justo cuando cualquier otro quizás hubiera necesitado parar es cuando surge la chispa que los confirma entre los músicos en un estado de mayor hiperactividad y efervescencia creativa del panorama nacional. “Somos muy amigos, nos queremos mucho y, de manera natural, surgió la idea de ponernos a tocar juntos y dar forma a algo propio, pero con la clara intención de explorar terrenos totalmente nuevos. Estamos aprovechando un momento creativo excelente, en el que sentimos la necesidad de experimentar con otros estilos y desarrollarnos musicalmente sin ponernos frenos”, cuenta Miguelito.
«Somos hijos de los años 90»
Igual que el ser medio humano y medio máquina protagonista de este denominado “western distópico espacial”, la música de Cervatana es un híbrido solitario y único en su especie con un armazón de electrónica de club y un corazón de rock experimental y con referentes que incluyen a Hans Zimmer, Moderat, James Blake, Fat Dog, Prodigy o Pendulum. Aunque el punto de partida parezca radicalmente nuevo, Miguel, Fran y Jose pronto descubrieron que el destino del viaje sería un lugar conocido para ellos: “El viaje en el que te sumergen los Motoreta’s nace de una psicodelia rockera muy cruda, pero la electrónica de Cervatana busca esa misma sensación de trance hipnótico. En nuestros directos las canciones no se cortan, van unidas sin interrupción, y creamos una película sonora continua que la gente está disfrutando muchísimo”.
El rock y la electrónica no siempre han convivido con tanta naturalidad y ausencia de prejuicios, pero, para los adolescentes que un día fueron los miembros de Cervatana es algo innato a su propia esencia. “Somos hijos de los años 90. Nuestra adolescencia coincidió con el auge de bandas como The Chemical Brothers, que integraban guitarras dentro de estructuras electrónicas, y es una música que mamamos de forma inconsciente a través de los videojuegos y las películas de la época”, recuerdan entre risas y anécdotas. “Aunque estemos orgullosos de esa herencia noventera, Cervatana no busca ser un ejercicio de nostalgia. Queremos proponer algo actual y personal que no se encajone en una sola época”, matizan. Se trata de un proyecto ambicioso y arriesgado con el que no han querido “dar la música totalmente masticada al oyente”, sino “proponer retos que estimulen y aporten algo real”. Este reto se compone de una narrativa lineal en la que cada canción se estructura como un capítulo dentro de un relato sonoro que oscila entre lo “trepidante y agresivo” y el “reposo absoluto” en el que “el orden de las canciones es crucial para sostener la historia”.
Atravesando el vaivén anímico, las capas de las texturas industriales y oscuras del techno, la crudeza del kraut rock y la ambientación distante y hostil se cuela un rayo de luz cálida que convierte a Cervatana en un proyecto verdaderamente reconocible: “Es una mezcla de vanguardia con nuestra propia raíz genética: la forma de pronunciar, las imágenes tan del sur y la luz de los balcones. Eso no se puede impostar, sale de forma natural”. Porque para comprender la forma tan especial que Miguelito, Fran y Jose tienen de concebir la música, su vitalismo y su concepto del “amor como un refugio revolucionario”, es inevitable remitirse a sus orígenes.
“Quien haya estado en una rave en mitad del campo en Extremadura sabe perfectamente que bailar con tus amigos mientras amanece junto al río es de las experiencias más bonitas y humanas que existen. La electrónica también hace que se te salten las lágrimas y se te pongan los pelos de punta”. Por ello, aunque Cervatana sea “un proyecto denso y conceptual”, en directo muta en “un disco de baile” que transpira sudor y desata la catarsis colectiva: “Nuestro vitalismo se traslada de forma directa al escenario. Queremos que el público se libere, suelte el cuerpo y se emocione”.
En plena cruzada contra la incipiente deshumanización, y aunque parezca que “el mundo se esté desmoronando”, la trinchera personal de Cervatana se construye desde la alegría: “Como decía Jorge Martínez de Ilegales: «Los miembros de mi banda son unos chavales con una injustificada capacidad para la alegría». Nosotros entendemos nuestra labor como una misión revolucionaria para alimentar el alma”. Si el apocalipsis tecnológico se cierne sobre la humanidad y lo hace a ritmo de Cervatana, las emociones parece seguro que estarán a buen recaudo.