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‘Aquí vivía yo’: un paseo por los últimos 25 años del FIB

La primera edición del Festival Internacional de Benicàssim se celebró en 1995 y marcó la forma de consumir la música en nuestro país

 

PABLO VÁZQUEZ

Libros del K.O., en su empeño por defender que “la crónica periodística puede ser un género muy sexy”, continúan mostrándonos los diferentes prismas de la realidad con un diseño muy cuidado. Uno de ellos es la música, que han cultivado en títulos como Planes para conquistar Berlín, de David Granda; Toma de tierra, de Bruno Galindo o el que ahora nos atañe, Aquí vivía yo, de Joan Vich Montaner.

Pero, ¿quién es Joan Vich? ¿Un músico? ¿Un periodista musical? ¿Un promotor? ¿Un festivalero empedernido? La respuesta es sí, a todo. Polifacético y con facilidad de palabra (por lo menos escrita), Vich ha estado presente en la organización de cada una de las 25 últimas ediciones (hasta 2019) del Festival Internacional de Benicasim, el FIB de toda la vida. En un alarde de autosuperación, pasó de de atender una de las barras menos frecuentadas de la primera edición de 1995 a convertirse en codirector del mismo. Por ello, pocas voces más autorizadas que la suya para narrarnos los acordes y desacuerdos de uno de los festivales más importantes de España.

En su crónica emocional Vich repasa todo tipo de peripecias y anécdotas vividas tanto antes, durante como después de las distintas ediciones del evento castellonense. Desde los primeros años en el Velódromo, que tardó bien poco en quedarse pequeño, hasta los últimos FIB que contabilizaron más de 50.000 visitantes, españoles y del resto del mundo (especialmente Gran Bretaña). Haciendo un repaso rápido por los carteles del FIB a lo largo de estas décadas, podemos intuir el nivel de los artistas que desfilan por las páginas de esta obra: Oasis, The Cure, Lou Reed, Bob Dylan, Brian Wilson, Leonard Cohen, Amy Winehouse, Morrissey, Bjork, Libertines, Chemical Brothers, My Bloody Valentine, Enrique Morente, Pavement, Mac Demarco, Supergrass… y podríamos estar así hasta mañana.

A pesar de que su trabajo le ha hecho coincidir con grandes estrellas de la música mundial, Vich huye de la mitomanía y se muestra profesional y, en especial, apasionado por su trabajo. Una tarea que no siempre es placentera y que le ha hecho enfrentarse a egos descomunales, mánagers tocanarices, inclemencias meteorológicas (vientos huracanados, inundaciones), problemas financieros, cachés disparatados, artistas desnortados, camellos despistados… Su anecdotario bien hace en estar escrito en estas páginas, pues es una mirada honesta, natural y divertida de lo que es un gran festival entre bambalinas.

Un texto sencillo, dinámico y salpicado con mucho humor

Por supuesto, no son pocas las historias con final feliz que te dejan con una sonrisa en la cara. Por no destripar el libro, mencionaremos la bonita relación de amistad entre los escoceses Belle & Sebastian y el FIB, el concierto in extremis de Jon Spencer, el clásico partido entre artistas y periodistas o el vals con el que cierran todas las ediciones desde hace muchos años. Otro de los temas que toca el libro, y por el que el FIB ha recibido algunas críticas, es su tendencia marcadamente anglófila, tanto en la programación como en el público objetivo. En 2015, el 70% de los asistentes eran británicos o irlandeses. Ese mismo año, cuenta Vich, decidieron ofrecer la cabeza de cartel a un grupo español por primera vez en su historia, Los Planetas, que a poco estuvieron de no aceptar a causa de un desencuentro que habían tenido años atrás con Vince Power, director del festival durante varios años.

La prosa de Joan Vich es sencilla, dinámica y salpicada con mucho humor, lo que hace que estos 25 años pasen como un suspiro para el lector. Se entiende que los fibers (término del que el propio autor reniega) gozarán con alevosía al verse reflejados entre sus páginas, pero los no iniciados también pasaremos un rato agradable recreando los pasajes en nuestra mente. Vich cae bien sin necesidad de echarse flores, por lo que es de agradecer que sea él quien haga de nuestros ojos y oídos en este viaje cargado de buena música. Porque esto último, al final, es lo único que importa.