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Germán Salto: el jugoso regreso al rock and roll

El madrileño acaba de publicar Ojo de bife, su cuarto disco, con el que regresa al rock norteamericano y al power pop

 

MARÍA CANET | Fotos: OLIVIA L.H

Germán Salto (Madrid, 1984) entra con gesto alegre y sereno por la puerta del madrileño Café Comercial. Es una tarde de otoño aún calurosa en la capital; la americana sobra y cuelga sobre su hombro mientras retira las gafas de sol setenteras de su rostro. Destaca un anillo con un enorme ojo azul sobre el dedo anular de su mano derecha. No hay extravagancia en su atuendo, pero se huele de lejos su ADN rockero. Directo y sin artificios, como las canciones que componen Ojo de bife (Calaverita Records, 2025), su nuevo trabajo discográfico.

Tras darse a conocer con sus dos primeros trabajos como Salto (El Gallo, Industrias Bala, 2014, y Far from the echoes, Industrias Bala, 2017), entre el power pop, la psicodelia y la americana, el madrileño se labró un nombre dentro de la escena folk rock nacional junto a bandas como Morgan o Egon Soda. Algo de lo que se distanció para experimentar con la vertiente orquestal e introducirse en la composición en castellano con Germán Salto (Gran Salto Adelante, 2022) bajo la producción de Íñigo Bregel (Los Estanques): “venía de hacer un disco que era como el plato elaborado de cocina francesa con mil capas, y esto es coger un cacho de carne a la parrilla y darle la vuelta. Ya me he quitado la espina de hacer un disco barroco, pero, obviamente, no me iba a quedar ahí”.

“Este elepé me ha reconectado con el Germán melómano que hizo El Gallo»

Ojo de bife, su cuarto álbum, segundo en castellano, plantea una vuelta al power pop y al rock norteamericano con el que arrancó en sus inicios: “este elepé me ha reconectado con el Germán melómano que hizo El Gallo, con esa filosofía de hacer el disco que a mí me hubiera gustado escuchar con 15 años”. Como ese corte que permite extraer la mayor jugosidad a la carne, en este nuevo trabajo, la banda ha sido clave para lograr esa contundencia en el sonido: “en el disco anterior, una de las cosas que le dije a Íñigo, era que la banda tenía que ser secundaria, sonar pequeñita, para dar protagonismo a los metales, las cuerdas. Aquí buscaba lo contrario”, afirma.

Grandes conjuntos norteamericanos como Tom Petty & The Heartbreakers, The Jayhawks o Wilco, han sido las principales referencias para un elepé producido por Ricky Falkner (Egon Soda). Un trabajo en tándem que surgió de forma natural cuando ambos compartían piso “yo componía en casa y él pasaba y escuchaba algo y me hacía un comentario”, y que, afirma, le ha transformado como cantante: “una de las cosas que ha hecho Ricky es bajarme los tonos de muchas canciones y me he sentido mucho más a gusto. Supongo que yo cantaba más agudo por inseguridad, porque no me consideraba buen cantante. Ricky me ha quitado la tontería: eso es una cosa que hace un productor a la sombra que nadie se entera y que te marca de por vida”.

“Una de las cosas que ha hecho Ricky es bajarme los tonos de muchas canciones. Supongo que yo cantaba más agudo por inseguridad, porque no me consideraba buen cantante. Me ha quitado la tontería»

Si en lo musical, Ojo de bife, es una vuelta a las raíces, en lo lírico es un novedoso ejercicio de transparencia. Salto se expone como nunca al estar “más cómodo escribiendo en castellano, supongo que me atrevo más a dejar claro de lo que estoy hablando”, explica. Las letras exploran los distintos vínculos humanos (la pareja, la familia o las amistades), desde la vulnerabilidad, “estaba un poco en un agujero, la verdad”, pero también la esperanza. ‘Goliat’, un medio tiempo donde brilla el pedal steel, es la encargada de abrir el disco. Una composición que retrata un tipo de relación donde “una figura más grande, ya sea un padre, un jefe… a la que no vas a ganar jamás, y tienes que vivir a su sombra y lidiar con ello”. Aunque en orden invertido, ‘La carne y el hueso’, un corte con esa luminosidad agridulce propia del Tom Petty de Wildflowers, y ‘Si te marchas’, con ecos a los Jayhawks, pero también a Nick Lowe y al power pop, reflejan las dos caras de una ruptura sentimental. La primera, desde el prisma de quién deja, “vamos a respetar también al que deja, que está en todo su derecho y dejar hacerle sentir culpable, de torturarle con mensajes y con comentarios”; la segunda desde quién es dejado: “está escribiendo el Germán ofendido. Ahora lo veo con el tiempo y tampoco debía ser muy fácil ser mi novia en ese momento”. El dolor y la resignación cara a cara.

La amistad es la protagonista de ‘Te oí decir’, emocionante medio tiempo que entona a tres voces junto a Ricky Falkner y Nina de Juan (Morgan): “tengo la suerte de que son dos de mis mejores amigos, pero encima son mi cantante masculino y femenina favoritos de España”. Un tema dedicado a un amigo que atravesaba un periodo complicado y que, reconoce, le emociona especialmente: “a veces se me saltan las lágrimas recordando aquella época. Cuando uno de tus mejores amigos está tonteando con la idea de morirse, es duro. La amistad para mí es lo máximo. Hay unas edades en las que piensas que ya no vas a conocer de nuevo ese amor fraternal y a mí me pasó con él en la treintena. Quería hacer una canción que ayudara, que fuera como un abrazo, no lo típico de hey, tío, no lo hagas”.

La autocrítica late en ‘Rompecabeza’, “esa tercera persona a la que estoy hablando en realidad soy yo”, un trallazo de rock sureño, cuya letra es obra de Ferrán Pontón (Egon Soda), que se transformó gracias al pedal steel de David Soler: “no me convencía, hasta que David grabó el pedal steel y lo convirtió en algo parecido al ‘Cold roses’ de Ryan Adams”. También en ‘Sin preguntar’, un pop de estructura caótica a lo Wilco y guitarras harrisonianas, que compuso para recordar que “no tengo que fliparme. Soy muy majo y muy bueno, pero que cuando pierdo la paciencia me convierto en Hulk, y no me gusta”. Esa mirada ácida también se posa en los otros con humor en ‘Aspas contrarias’. Concretamente, en ciertos músicos que “van vestidos de súper rock stars pero luego no hacen ni una canción y son los menos humildes. Me estoy convirtiendo en un señor mayor cascarrabias”, confiesa entre risas.

La melodía pop sigue siendo la protagonista en cortes como los ya mencionados o ‘Cada vez’: “al final siempre intento que sea algo muy melódico. Suelo jugar al ¿qué prefieres?, un juego que me gusta hacer, para que la gente escoja, se moje, y, siempre doy a elegir entre Jayhawks y Wilco. Yo siempre elegiré a los primeros por la melodía”. Reconoce que, ‘Sobre la maleza’, quizás la pieza más especial del disco, una balada que entona a guitarra y voz y que evoca a Paul Simon o Jackson Browne, es “la mejor que canción que he hecho hasta ahora. La idea de grabarla sólo con la guitarra española fue de Ricky; yo propuse meter violines, pero él lo veía clarísimo”.

‘Viento cruzado’, que compuso junto a ‘Sin preguntar’ en “tiempo récord, en un impasse de la grabación porque necesitaba un par de canciones para terminar el disco”, es un ajuste de cuentas consigo mismo, “mi canción de crisis de los 40”, menciona entre risas.  En 2022 Germán dejó de esconderse detrás de su apellido, aunque tapaba su cara en la portada. Ahora no tiene miedo a mostrarse a rostro descubierto. Ojo de bife, el rock and roll «vuelta y vuelta», sencillo, pero jugoso.