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Nacho Vegas, 20 años de un ser mitológico

El tendedero de las vísceras, Nacho Vegas, cumple 20 años de carrera en solitario

 

PEPE RODELLAR
Hablar de Nacho Vegas (Gijón, 1974) es como hablar de un ser mitológico, un sátiro de la palabra escrita y cantada que no deja indiferente a nadie. Las canciones del asturiano son crudas, pequeños fragmentos de alma que unas veces cuentan un poco de realidad y otras, otro tanto de ficción. Siempre ha sido así, desde que allá en 2001 presentara su primer trabajo en solitario Actos
inexplicables (Limbo Starr, 2001) del que este 2021 se cumplen 20 años.

Aunque la raíz de lo que es hoy Nacho Vegas se asentó en el que fue su segundo álbum, el doble disco Cajas de música difíciles de parar (Limbo Starr,2003). Probablemente, este (largo y denso) trabajo de veinte canciones -que mejora su calidad con cada escucha– no sea el más indicado para que alguien que no conozca al artista se adentre en su universo. Sin embargo, Vegas muestra aquí sus vísceras sin tapujos, como ya hizo en Actos Inexplicables (también su relación con la heroína) mezclando ritmos tranquilos con pequeñas dosis de epicidad y unas letras que saben bailar perfectamente al son de esa mezcla de folk y rock tan marca de la casa.

Cajas de música difíciles de parar comienza con la hipnótica ‘Noches árticas’ (con J de Los Planetas) donde parece que el mismísimo viento helado de esta zona del mundo te transporte lentamente por la canción. Este inicio es en sí mismo una declaración de intenciones: comienza un largo invierno que habrá que superar. También aquí se produce ya la primera referencia a la heroína “Así nuestros pulmones / se anegan en un sueño / que envenena y que sana”. Continúa esta primera parte del álbum con la irónica Nacho Vegas por la Paz Mundial, la “feriante” y amorosa ‘Todos Ellos’ y la triste, conmovedora y redentora ‘El Mundo en Calma’, una balada con el piano al frente que por momentos se vuelve épica y que viaja directa al corazón. La introspectiva ‘Solo viento’ da paso a la que probablemente sea una de las mejores canciones del disco, ‘El jardín de la duermevela’.

 

 

Aquí la guitarra y la batería suben de revoluciones y Nacho Vegas pone voz a uno de los temas sobre la adicción más elegantes escritos hasta la fecha: “¿No lo veis? Me ofrece su bendición / Y su amor de muerte / no comprendéis que yo ya no soy yo / cuando ella entra en mi sangre y me pone a morir / Buscadme allí, en el jardín de la duermevela”. Llegados a este punto, la primera mitad de Cajas de música difíciles de parar encara su recta final con la sarcástica y graciosa relación de pareja de ‘Tu Nuevo Humidificador’, ‘La Plaza de la Soledá’ y su inconcreción, el acercamiento a la violencia de género de ‘Por culpa de la humedad’ y ‘En la Sed Mortal‘, un magnífico acto de contrición de más de siete minutos.

La historia de amor de una pareja con el Cantábrico como testigo que es ‘El Salitre’ abre la segunda parte del álbum, la más descarnada de este segundo trabajo del gijonés. Crudeza en forma de canciones como Mark Spitz o la sexual y hasta casi desagradable Gang Bang, un tema lúgubre de ascendencia francesa. Entonces, aparece de repente el Nacho Vegas más rock con Stanislavsky destapando a su personaje “Me descubro como actor / Bríndenme una ovación / lo haga bien o lo haga mal / prometo hacerlo de verdad”. Prosigue este segundo acto con la intensa ‘La Sed’ y se para el tiempo gracias a la intimidad que aportan la soledad de la guitarra y la voz, en la preciosa Monomanía, una crónica de cómo afrontar una ruptura.

 

 

Cajas de música difíciles de parar va llegando a su fin con obras capitales como Etcétera y sus violines que parecen la angustia de aquel que se sabe tóxico para el amor y la belleza inmensamente triste del desgraciado en Maldición, otra de las canciones que se postula como una de las mejores del disco. Finalmente, cierran el extenso trabajo del asturiano Historia de un Perdedor y su ficción sobre la homosexualidad en tiempos oscuros y ‘La Canción de la Duermevela‘ (en asturiano) que narra, una vez más, el colocón de la heroína.  En definitiva, este es, a priori, un trabajo difícil de digerir por su complejidad y duración, pero que sin embargo, cuando se degusta poco a poco termina siendo una delicatessen.