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Germán Salto: traje de gala para melodías pop

Por primera vez en castellano, el músico presenta un disco de pop orquestal bajo la producción de Íñigo Bregel

 

MARÍA CANET

Un hombre de traje blanco retira el cabello de su cara. Se intuye su perfil, aunque su mano aún cubre gran parte su rostro. La fotografía parece haber congelado ese preciso instante en el que se atreve a descubrirlo. A mostrarse al resto. Entre la duda, los miedos y la osadía. Sólo el nombre que acompaña la imagen de la portada desvela el misterio: Germán Salto. El músico (Madrid, 1984) acaba de publicar su nuevo trabajo. Un disco (Gran Salto Adelante, 2022) al que ha bautizado y presenta (por primera vez) con su nombre. Ya no se refugia detrás del apellido con el que firmó los dos brillantes El Gallo (2015) y Far From The Echoes (2017): “he querido enseñar lo que no había mostrado hasta ahora”, confiesa desde una de las mesas del In Dreams, en el corazón de Malasaña. Misma esencia, traje nuevo para vestir de largo sus melodías de ensueño.

Lo que hasta la fecha reservaba para sí este artesano del pop estrechamente ligado a grupos como Morgan o Los Estanques, eran letras en su lengua materna — “no ha sido algo muy premeditado. Soy muy lector y escribo a diario, en inglés y en castellano”— y su adoración por Burt Bacharach, con quién se obsesionó hace unos años: “me encanta. Obviamente, está a años luz, pero es lo que teníamos todo el rato en la boca en cuanto al tipo de arreglos”.  El impacto que en sus anteriores trabajos provocaban melodías directas a la yugular con la luminosidad del power pop, la psicodelia o  la americana de escuela Jayhawks, ahora se encuentra en la grandilocuencia orquestal. Un universo que también remite a títulos como The Genuine Imitation Life Gazette (1969), álbum de Franki Valli & The Four Seasons que él e Íñigo Bregel (Los Estanques), productor del álbum, escucharon compulsivamente durante la grabación: “muchas veces íbamos a grabar y al final acabábamos a las tantas escuchando música, sin haber grabado. Ha sido muy de sumergirnos en la movida y disfrutarla, por eso hemos tardado tanto”, explica.

“El reto está en hacer algo especial. Si no lo va a ser la letra, como es mi caso, que lo sea la melodía”

Grabado entre los Estudios Reno y Bregel Estudios, tras casi cinco años de silencio y varios contratiempos —“cambié de manager, llegó la pandemia, la grabación se alargó durante meses porque tanto Íñigo como yo somos muy perfeccionistas y tampoco había posibilidad de dar conciertos, así que no había prisa”—, la premisa para este nuevo trabajo, recalca, era “que todo girara alrededor de la orquesta. Los guitarristas han sufrido mucho porque tenían pocos huecos”. Los arreglos de cuerdas y vientos (flautas, flautines, violas, pianos o chelos), bregelismo puro, aderezan unas armonías saltarinas que dejan patente que la melodía es la “reina indiscutible”. El reto, afirma, reside en “hacer algo especial. Si no lo va a ser la letra, como es mi caso, que lo sea la melodía. Lo que no me vale es algo estándar que pueda hacer tu vecino del quinto”, señala tajante. El cántabro, al que Germán define como “un genio. Es exagerado lo trabajador que es, nadie le aguanta el ritmo”, ha sido su perfecto aliado: “nos conocimos en el concierto homenaje a George Harrison que organizó Jokin Salaverria, que entonces era mi bajista. La conexión, tanto a nivel musical como personal, fue absoluta desde el minuto uno”.

Un proceso en el que la frontera entre amistad y admiración ha quedado difuminada: “le transmitía una idea, a veces le mandaba notas de voz canturreando una frase de trompeta o de otro instrumento, y, lo primero que hacía era exactamente lo que quería. No me había pasado en la vida. Estaba viendo trabajar a un ídolo”, cuenta con entusiasmo. El único resquicio de distancia entre ambos, admite, ha sido “hacerle ver que a mí también me gusta la americana y que quería mantener esa esencia, algo que entendió a la primera”. Dos miradas diferentes que quedan plasmadas en las dos versiones de ‘Solo El Tiempo’: “la idea era grabar las dos y elegir la que más nos molara, pero nos gustaron ambas y metimos las dos tan a gusto”. Si la de Germán, más desnuda y con poso norteamericano, transita por el universo Tom Petty, la de Íñigo, por su parte, arranca a modo de ragtime acelerado para culminar en un festín sifónico: “no podíamos dejar fuera eso. Edu Ortega, el violinista, nos mandaba vídeos ensayando sudando”, cuenta entre risas.

 

Un intenso y sofisticado viaje de 30 minutos — “me gustan los discos cortos; tienes que ser Lucinda Williams para que un disco de 50 minutos sea bueno” — que arranca y culmina a modo de vals, pero que, durante el trayecto, ofrece diferentes estampas. Nueve canciones seleccionadas para conformar un “álbum de fotos” que sirve para recordar que, de vez en cuando, lo excepcional le come terreno a la rutina: “si estás haciendo una película, igual sí tienes que meter un pasaje algo más rollo que te explique qué va a pasar a continuación, pero en mi caso no hay conexión entre los temas. Más vale que todas las fotos sean bonitas, así que intento que sean todo hits”, incide. La harrisoniana ’Nada Que Hacer’, con destellos de glam rock y el célebre “rockeros, el que no esté colocado ¡que se coloque!” de Tierno Galván —“tuvimos que modificar la última nota con Auto-Tune para que cuadrara con la melodía” — o ‘Cuando No Tenías Sed’, folk rock protesta con deje Byrds, cuyo solo grabaron hasta 7 personas— “eran todos buenos, pero quería que sonara peligroso y al final se quedó el de Paco (Morgan)— conviven con piezas sinfónicas como ‘No’ o ‘Vals Final’, con crescendo bachariano protagonizado por teclados, cuerdas y coros, una “especie de carta a una tía fallecida, aunque me acabo yendo por las ramas”.  Beatles y Beach Boys siguen latentes en ‘Ciudad Invierno’, joya de pop barroco con los celestiales coros de Nina De Juan.

Las composiciones melódicas de Juan Carlos Calderón y Augusto Algueró, y, especialmente, las producciones setenteras del sello Hispavox, con nombres como Solera o Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán  salen a relucir al escuchar ‘Vals Final’ o ‘Arder, Humo y Desaparecer’: “son grupos que a Íñigo y a mí nos encantan. A quién no le guste Cecilia, no le puede gustar el disco”. Precisamente, la letra de este tema, que versa sobre el hedonismo autodestructivo, es obra del compositor Santi Campos, a quién Germán acudió en un momento de bloqueo: “estaba descontento con un par de temas y le pedí ayuda porque me encanta cómo escribe. Para él fue un proceso difícil porque le da más importancia a las letras, pero, al currar conmigo, ya sabía que tenía que ajustar cada frase porque yo voy a priorizar siempre la melodía”. Lector empedernido y sobrino nieto de Delibes, se muestra exigente con la lírica en castellano: “en inglés me vale todo porque queda bien, en castellano creo que tiene que ser mejor para que yo entre. Se ve ahora en el documental de Get Back, que muchas veces meten cosas porque simplemente pega y no se comen mucho la cabeza”.

Trasladar la sonoridad orquestal al directo es uno de los desafíos que se presenta de cara a una cercana gira: “me encantaría llevar cuerdas y vientos, pero no paran de intentar quitármelo de la cabeza”. Lograr que las nuevas composiciones convivan con las antiguas, es otro de los retos: “de momento sólo he adaptado al castellano ‘Our Lady Of The Wind’. No quería mezclar idiomas, pero voy a tener que hacerlo porque el disco dura media hora”, admite entre risas. Sin perspectivas de dejar su trabajo como piloto—“aunque pudiera no lo dejaría, me libera a nivel artístico. Veo amigos que viven de esto y sufren. Yo estoy surfeando la ola, hago lo que me da la gana todo el rato” —,  su cabeza ya vuela hacia nuevas canciones: “estaba deseando soltarlo. Por fin puedo empezar a componer”. Al hombre del traje blanco aún le quedan cosas por mostrar.